viernes, 27 de enero de 2012

Soliloquio del espejo (De sueños, vanidades y reflejos)


La penumbra se irá vistiendo poco a poco con retales de luz pálida y mortecina. Pronto amanecerá. Aullarán millones de despertadores. Tiritarán de frío las farolas y las aceras se pintarán los labios para recibir las caricias de ese sol de plástico que nunca falta a la cita. Pero no quedará nadie ahí fuera. No habrá flores en los balcones ni sonrisas tras las cortinas. No habrá ropa tendida en las terrazas ni melodías en la frecuencia modulada. Sólo quedará un ejército de sombras errantes, vagas formas impersonales, el cuerpo de las almas que un día habitaron estas calles. En mitad del silencio quedará el eco de sus frases, el vago rumor de las sirenas, el gemido sordo de los árboles que mecen sus ramas desnudas al contacto de la brisa. Se que pensaban al mirarnos que no éramos mas que objetos impersonales. Se que creían mirarse a si mismos cuando nos miraban, aunque en realidad eran ellos quienes eran observados. También los espejos tenemos memoria. Tenemos oídos que captan los sonidos mas disimulados. Tenemos ojos que saben mirar mas allá de los muros y paredes tras los que creyeron encerrarnos. Y a fuerza de mirar aprendimos. Ellos nunca se dieron cuenta. Pero a fuerza de mirar fuimos dando forma a nuestros reflejos., creando un mundo paralelo. Construimos un decorado perfecto. Copiamos sus habitaciones y pasillos, copiamos sus cuartos de baño, sus pueblos y ciudades, sus parques, sus avenidas y sus aeropuertos. Asumimos sus plazas, sus mercados, sus oficinas, sus palacios, sus prisiones, sus alcantarillas, sus fábricas y sus estaciones. Fue sencillo dar el siguiente paso. Aprendimos a imitar sus movimientos, a leer sus pensamientos, a interiorizar sus miedos. Retuvimos el hielo de las miradas, el acero de las palabras, el calor de las sonrisas, la compleja jerga del silencio. Aprendimos la gramática de los sentidos, el sabor de la nieve y de la sal, el tacto de la piel y de las nubes, el aroma del tabaco y de la soledad, el rumor de los susurros y las olas, la textura de los besos y el sudor. Aprendimos la lengua de la arena y de las caracolas, el crepitar de las hogueras y de esa lluvia que incendia los charcos y ensucia las fachadas, los versos del abandono, los instintos asesinos, el dolor de las heridas, la memoria de las cicatrices, del filo del metal y de las sábanas. Sólo hubo algo que se escapó de nuestra mirada. Sólo sus sueños se resistieron a nuestros ojos. Porque los sueños son la esencia del ser humano. Los sueños son siempre lo que son, esa parte íntima de ellos mismos en la que siempre fueron verdaderos. Pero poco a poco fuimos aprendiendo a sentir, o algo equivalente. Les amábamos tanto como les odiábamos. Y paso a paso nos fuimos haciendo con el control. Les susurrábamos a veces que eran los mas bellos, y otras veces llenábamos sus rostros de arrugas, esos surcos mudos del paso del tiempo. Nuestro juego nos llevaba a llenarles el rostro de ojeras o a pintar de plata sus cabellos. Les enseñamos la magia del maquillaje. Les inculcamos la costumbre de calzarse una máscara antes de salir a pasear. Nos divertimos incitándoles a ensayar la pose, a simular pasos de baile y gestos abstractos. A veces se pasaban horas mirando un reflejo artificial, tratando de reconocerse. Inventamos el culto a la imagen, la compleja liturgia de lo superficial. Y lo que empezó siendo un simple juego acabó por convertirse en un complot elaborado. Porque, víctimas de su propia vanidad, acabaron por depender de nosotros. Ninguno era capaz de mirar mas allá de si mismo. Cuando llegó el momento preciso nos decidimos. Millones de relojes sincronizados anunciaron la medianoche. Y al sonar la última campanada todos quedaron atrapados en nuestro interior. Desde entonces prosiguen su existencia sin ser conscientes de que no son sino pálidos reflejos de lo que fueron, simples fotocopias atrapadas en un gigantesco decorado, separados del mundo real por una sencilla superficie pulida de cristal. Una frontera frágil y sutil, una especie de burbuja, que nadie será capaz de traspasar. Porque después de todo ¿quién de ellos caerá en la cuenta de que ya no sueña?

jueves, 26 de enero de 2012

Soliloquio del peatón (De crisis, latidos y rebaños)


Esta mañana me golpea el frío viento de poniente. Trae consigo versos de borrasca y un manojo de nubes grises que derraman su llanto sobre las calles de Madrid en forma de leve llovizna. Cuando cierro los ojos sólo queda un estribillo de gotas de lluvia arañando el asfalto y el cristal de miles de ventanas. Eterno manantial de notas vacías. Tan solo el abismo silencioso de las partituras en blanco. De cuando era niño me queda la costumbre de caminar bajo la lluvia sin paraguas. Me gusta pisar los charcos. Observar como se hacen pedazos esos espejos casuales bajo la suela de mis botas. Y ver como se diluye en pequeños fragmentos ese alma que reflejan, ese rostro familiar que me mira desde el extraño mas allá que se adivina bajo el lienzo de las aceras. Después de todo, no es sino un rostro anónimo. Uno mas de los millones que pasean su semblante impenetrable por los arrabales de esta ciudad fantasma, mirando de reojo, deteniéndose ante los escaparates, sorteando esos leves posos de agua sucia. Madrid, desfigurada. se descompone en esos mismos espejos, privada de su maquillaje tras haber retirado las bombillas de colores y los anuncios publicitarios. A veces, cuando escribo, me veo obligado a afrontar las inclemencias del vacío, que son mucho peores que las del invierno. Siento como se agotan mis metáforas, mis adjetivos, todo este arsenal de pronombres, preposiciones y sentimientos con los que trato de abrirme paso a través de la espesura de estos papeles en blanco. Mi bolígrafo se desangra sobre las páginas del cuaderno. Y mientras se agota su tinta siento como el mundo muere a mi alrededor. Esta maldita crisis se extiende mas allá de los mercados financieros y los tipos de interés. Día tras día observo los efectos de esta gripe posmoderna que consume almas y conciencias. Día tras día me hiere ese vacío en las miradas, ese poso de cenizas en sonrisas forzadas. Me duelen esos rostros de presidio que caminan junto a mi por las alamedas y los bulevares, que se cruzan con el mío en los pasos de peatones, en la cola del mercado. Al pasear por las calles de esta ciudad sitiada me cuesta imaginar que se esconde el sol tras esas nubes grises, que el suelo está preñado de raíces bajo esa piel de asfalto, que laten corazones bajo los pliegues de los abrigos. Pronto se impondrá el toque de queda. Nos acechará el invierno, con sus grilletes de escarcha, con sus tambores de tempestad. Convertirá en hielo nuestros suspiros. Quedarán cautivas y desarmadas las palabras en nuestras gargantas. Nos sentiremos desamparados, huérfanos, desahuciados. Nuestros sentimientos mas íntimos serán hipotecados. Tendremos que escuchar las carcajadas de los soldados y los mercaderes, echándose a suertes nuestras ropas, mientras nos desangramos unos pasos mas allá. O quizás seamos capaces de tomar conciencia, de hacernos a tiempo las preguntas adecuadas. ¿Por qué llamamos vida a este estado de sitio? ¿Por qué nos creemos libres cuando son otros los que dictan nuestros pasos? ¿Por qué llenamos el mar de lágrimas negras? ¿Por qué nuestras manos se olvidaron de sembrar? ¿Por qué nuestros cuartos de baño parecen farmacias? ¿Por qué nos calzamos una máscara cada mañana al despertar? ¿Por qué desembarcaron en la playa? ¿Por qué vendimos nuestro alma a dioses, diablos y banqueros? ¿Por qué somos esclavos de lo material? ¿Por qué confundimos el sentimiento colectivo con la inercia del rebaño? ¿Por qué no nos miramos a los ojos? ¿Por qué mentimos? ¿Por qué posponemos todo para un mañana que nunca llega? ¿Por qué pensamos que nuestros sueños caben en sus urnas electorales? ¿Por qué no creamos algo distinto a esos cielos inalcanzables o infiernos terrenales? ¿Hay algo mas allá de ese miedo que nos llena? ¿Somos capaces de sentirnos humanos mas allá de las fronteras de nuestro colchón? Aún estamos a tiempo de despertar. Aún podemos tomar partido. Un ejército de peatones puede llenar las calles, detener el tráfico y hacer temblar con sus pasos los cimientos de este decorado que nos vendieron como el mundo real. Y sin embargo ¿por qué nos empeñamos en mantener los ojos cerrados y pasar de largo?

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Soliloquio del suburbano (De andenes, elefantes e ironías)


Desciendo los escalones de la estación sacudiéndome legañas imaginarias., soñando con trenes y lejanos paisajes, con la imprecisión de esos primeros pasos de la jornada, con el alma escondida tras esta cara de presidio. Desciendo a las entrañas de una ciudad que, ahí afuera, comienza a despertar. Un billete de ida hacia la nada, un bostezo traicionero, y esta extraña sensación de sentirse masa, de ser tan solo traje andante mas en la infinidad de este hormiguero impersonal que se esconde bajo el subsuelo de Madrid. El andén está prácticamente desierto. Aún resuena en la boca del túnel el eco de los últimos vagones, el murmullo de ruedas y raíles que deja tras de sí una curiosa estampa de vacío, una alegoría de abandono que, sin embargo, tardará sólo unos minutos en desaparecer. El tiempo justo para sacar un libro de la mochila y observar, con el rabillo del ojo, como el andén vuelve a poblarse antes de la llegada del próximo convoy. Reina el silencio. Parece que tod@s respetemos la solemnidad de un ritual, con la mirada muda, el semblante serio, y esa actitud de espera, de asumir lo inevitable. Hay quien se acerca peligrosamente a las vías. Por un instante parecen suicidas asomándose al precipicio. Afortunadamente tod@s reculan cuando el tren hace su entrada triunfal en la estación, con ese estrépito infernal de vagones y raíles que quiebra el silencio tan solemnemente respetado. Es lo que me viene a la cabeza cuando alguien me habla de un elefante entrando en una cacharrería. Quizás porque pienso que sería gracioso ver como irrumpe una manada de elefantes en la estación. Estoy seguro de que eso rompería la monotonía de estas mañanas deslucidas, al menos por un instante, antes de que la perplejidad dejara paso al cabreo generalizado por perder unos minutos valiosos y llegar tarde al trabajo. Yo mismo pondría una reclamación para no sentirme desplazado. Y sobretodo para guardar las apariencias. Pero se que en el fondo me sentiría profundamente conmovido. Se abrirán las puertas, dejaré salir a algun@s viajer@s y entraré en el vagón. Tal vez hoy tenga suerte y pueda encontrar un asiento libre. Ocuparé mi lugar entre una anciana elegante y un chaval con unos cascos enormes delos que me llegará el eco de música techno. Soy de los que vuelve a sumergirse entre las páginas de un libro mientras las puertas se cierran, justo antes de que el tren reemprenda su marcha para ser devorado por las fauces oscuras e insaciables del túnel. Aquí dentro vuelve a reinar el silencio. Aquí dentro tod@s practicamos alguna forma de aislamiento, encerrad@s tras los muros transparentes de nuestras burbujas. Aunque a veces nos atrevemos a levantar la vista, a mirar el páramo que se extiende tras esas almenas invisibles. Hay lectores empedernidos que apenas levantan los ojos del mundo de papel que esconde entre las líneas de sus libros. Hay borrachos, trasnochadores profesionales, que se dejan arrastrar por el vaivén de los vagones. Hay ancianos que parecen sacados de viejas instantáneas en blanco y negro, que parecen confirmar, con sus gestos errantes, que este mundo corre mas rápido que este tren. Nueva Numancia, Puente de Vallekas, Pacífico, Menéndez Pelayo... Las estaciones se suceden al ritmo de esa voz metalizada que hiere nuestros tímpanos, quebrando la magia del silencio. Hay rockeros y raperos, princesas y mendigos, y un hombre que trata de vender bolígrafos con linterna incorporada. Atocha, Antón Martín, Tirso de Molina... Hay rateros, carteristas, hombres trajeados que se aferran a sus maletines, una banda que ameniza esta velada matutina con un clásico de Los Panchos. Sol, Gran Vía, Tribunal... Hay docenas de relojes que no conceden tregua, paraguas aguardando su turno para desplegar las alas y volar, lectores de MP3, Blackberries, y un sinfín de teléfonos móviles sin cobertura. Y hay quien, como yo, se asombra al descubrir ese rostro impreciso, con su aura de fantasma, que me observa serio desde la oscuridad, justo al otro lado del cristal. Tardaré un poco en reconocer ese mismo rostro que cada mañana se asoma al espejo del baño. Y cuando salga del vagón me uniré de nuevo al enjambre, a ese desfile de zapatos que sueñan, sin confesarlo, con que la escalera mecánica les lleve a naufragar en alguna orilla pintada de oleaje, a pisar las arenas de una playa en la que contar sus huellas.

miércoles, 15 de junio de 2011

Soliloquio del maniquí (De cuerpos, trajes y rebajas)

Vivo encerrado en la calidez de mi burbuja. Sostengo la mirada al frente, viendo la vida pasar al otro lado del cristal, escuchando esos ruídos de fondo que llenan la ciudad. Aprendí a ensayar la pose, a cubrir mi desnudez tras la espesura de mis trajes, a sentir que soy fachada, a mirarte de reojo cuando pasas ante mi sin detenerte para regalarme una sonrisa. Aunque decir "sentir" es hablar por hablar, poco mas que una simple licencia poética. Porque yo no siento, ni opino, ni padezco. Soy, lo que se dice, un esclavo de la moda. No soy mas que lo que ves. Nunca me dieron voz ni sentimientos. Estas piernas no fueron hechas para caminar, estos brazos no son capaces de abrazar, estas manos nunca sujetarán un bolígrafo, una flor ni una pistola. No fueron hechas para apretar otras manos, ni para sembrar, ni siquiera para limpiar la pared de mi burbuja. Nunca sabrán acariciar el mapa de otra piel desnuda, ni expresar con sus caricias todo aquello para lo que a veces no bastan las palabras. Mi mundo se reduce a lo que puedo abarcar tras el marco de mi escaparate. Se que mis ojos transmiten ausencia, que no fueron hechos para brillar, para ser espejo, para sostener el calor de otra mirada. Pero me alcanzan para mirar el pequeño horizonte de mi acera, sin preocuparme de que exista algo mas allá. En cierta forma, me creo feliz con mi pequeña parcela de poder. Porque me imagino el mundo como un gran escaparate, en el que unos cuantos dictan las las leyes, modelan las conciencias, señalan el camino y marcan los renglones, los límites, ya sabeis, todos esos parámetros de la moda. Y el planeta gira y gira, arrodillándose, sometiéndose, ajustándose a las pautas, siguiendo la senda de lo establecido. Es la dictadura de las apariencias, la oligarquía del vacío. Veo desde aquí como hombres y mujeres viven de rebajas, como se impone la idea de que todo, y de que tod@s nos guiamos por la ley de la oferta y la demanda. Porque todo tiene un precio, al igual que estos retales que exhibo, que sirven para cubrir mi piel de plástico. Es verdad que hay veces que envidio esa fragilidad que define al ser humano. A mi tambien me gustaría saber lo que es llorar, lo que es sangrar, lo que es reír, dejarme seducir por el estribillo de una canción, embriagarme con el aroma de la primavera, tener esperanza, echar de menos... Quisiera saber lo que es soñar. Quisiera ser como esos niños que miran al mundo con unos ojos llenos de inocencia o que patean una pelota. Quisiera sentir lo mismo que esos ancianos que caminan sin prisas, con esos rasgos arrugados que hablan de una vida a cuestas, con esos trajes de otros tiempos, remendados quizás docenas de veces, siempre con una historia detrás de cada puntada. Quisiera ser como esa pareja que se besa bajo la tormenta algunas madrugadas, bajo la tímida luz de una farola. Quisiera saber que se siente en esa entrega, con la lluvia empapando el traje y la piel, pero con la sensación de que todo se resume en ese instante, de que no existe mundo mas allá de esos cuerpos anudados, de ese beso atemporal. ¿Que extraña fuerza debe inundar el alma cuando pronuncia la palabra "nosotros"? A veces pienso, sin embargo, que no somos tan distintos. Y entonces me gustaría golpear con fuerza los cristales de mi escaparate, y dejarme la garganta gritando ¡Haced que la vida merezca ese nombre!¡Sentid vosotros que podeis!¡Que estallen vuestros corazones en latidos! Porque cuando veo pasar el último autobús. cargado de rostros ausentes que regresan del trabajo, hay veces que sólo veo tristes maniquíes que lloran cuando apagan la luz desde el colchón, justo antes de dormir.

martes, 31 de mayo de 2011

Flores de Mayo (De pétalos, primaveras y utopías)

Hoy trato de ejercer de corresponsal del mes de Mayo, de cronista de utopías, de voz de la conciencia. Trato de hablaros de la luz que alumbra esta primavera improvisada, de esos ecos de esperanza que levantan su voz desde las entrañas de la tierra, que llenan con su fuerza las plazas de Madrid, de medio mundo, que aprendieron a mirar al cielo, a desplegar sus alas y a volar. Cansadas ya de padecer las inclemencias del invierno, las semillas dieron su fruto, y las calles se han llenado de pétalos que estallan en mil colores, desafiando la tiranía impuesta por el blanco y negro. Atrás quedaron los tiempos de silencios y desengaños, de asumir como realidad un simple decorado de cartón, en el que cada un@ asumíamos nuestro papel sin salirnos del guión establecido, padeciendo e interiorizando la resignación, la rigidez, con la que se esforzaron en hacernos crecer. Hart@s de estar hart@s hemos roto en pedazos esos renglones sucios. Por fin, ese ejército de maniquíes ha aprendido que había mundo mas allá de las vitrinas de sus escaparates, y rompiendo de un golpe los cristales se ha lanzado de cabeza a las aceras. Hemos descubierto que tenemos voz, que tenemos conciencia, que somos capaces de organizarnos, de hacernos oír, de ser noticia. Ocupamos las plazas de la ciudad, improvisamos asambleas, levantamos una enorme haima en la Puerta del Sol, un espacio para vivir la utopía, para hacerla nuestra. Junt@s decidimos que era mejor escribir la Historia que leerla en los libros. Nuestra generación, que ha padecido el mal endémico del dejar hacer, que a menudo se ha resignado en dejarse guíar, en permitir que otros piensen y decidan, que se ha acostumbrado a eludir la responsabilidad y el compromiso, sustituyéndolos por la resignación y el conformismo, ha descubierto por fin los barrotes que hay tras la cortina, los monstruos que se esconden tras el rosa de los putos cuentos. Sabemos que habrá que aguantar el peso de la tormenta sobre nuestras cabezas. Sabemos que la libertad tiene un precio. Volverá a cerrarse el telón sobre nosotr@s, querrán vendernos la misma resignación, el mismo abandono. Querrán volver a reírse en nuestras caras, convencernos de que nuestros papeles volverán a mojarse cuando regrese el temporal para vaciar sobre nosotros su torrente de sinrazón. Querrán comprarnos con sus cheques en blanco y sin fondos, querrán drogarnos con promesas vacías, querrán hacernos sangrar con sus golpes de porra y sus pelotas de goma, querrán ahogar nuestras voces en las sucias entrañas de sus calabozos, en las alcantarillas de su estado de derecho, en las cloacas de su democracia. Pero hemos vuelto a creer que aún queda arena de playa bajo los adoquines de las plazas, que tal vez florezcan nuevos pétalos bajo estas toneladas de alquitrán, bajo estas calles asfaltadas. Porque nuestros sueños no caben en sus urnas electorales. Se ha abierto una grieta en la densidad del espejismo, y por ella se filtra la luz que nos hará crecer, ese pedazo de horizonte que nos dice que el mañana es nuestro. Y sabemos de sobra que otros muros han caído. Aunque pensemos que caminamos despacio, lo cierto es que vamos muy lejos. Nuestra conciencia colectiva ha despertado. Haremos temblar los cimientos de este mundo, porque se ha abierto un claro entre las nubes, y hemos visto brillar el sol en plena noche. Porque las flores de Mayo han sacado los pies del tiesto, y sus raíces habrán de llegar hasta el corazón de la tierra. Porque hoy sabemos, mas que nunca, que otro Mayo es posible.

viernes, 6 de mayo de 2011

El oficio de escritor (De almas, caminos y vocaciones)

El mediodía me sorprende haciendo una pausa en un café del centro. A fuerza de caminar siento como mía la piel de esta ciudad que contemplo enmarcada por la ventana que hay junto a la mesa en la que escribo. Madrid se abre de par en par a esta mañana de viernes, celebrando cada minuto de esta tímida primavera que pinta flores a escondidas en las esquinas. Hoy cumplo treinta años, que es lo mismo que decir que llevo a cuestas treinta primaveras. No se si será la sonora contundencia de esa cifra tan rotunda, o quizás mi propia tendencia a mirar atrás, a repasar lo vivido, pero el caso es que hoy me llena esa dulce melancolía de quien se asoma al espejo para descubrir las huellas que va dejando el paso del tiempo en ese alma que respira tras las pupilas. Me asaltan los recuerdos, que brillan con nitidez al pasar las páginas de mis cuadernos, esa antología que resume la esencia del camino, de los horizontes recorridos, entre sus versos y renglones, entre sus metáforas y sus silencios. Reflexiono sobre los motivos que, a lo largo de estos años, me han llevado a ejercer esta vocación que yo llamo "oficio de escritor". La respuesta es sencilla. Escribir supone para mi sentirme vivo. Siento luego escribo. Consciente del esfuerzo que supone mirar al mundo directamente a la cara asumo la responsabilidad de mirar con otros ojos, de palpar la realidad con otras manos, de modelar palabras que vayan mas allá de descripciones ausentes, de renglones vacíos. Porque mirar al mundo es sentirlo, es hacer mío ese intenso palpitar que me dice que hay un corazón latiendo bajo este océano de asfalto. Y sin embargo, es difícil describir la sensación que me invade cada vez que asumo la magia de levar anclas, de soltar amarras, para abandonarme a la intensa travesía que supone acercarse a cada página en blanco, que es como un mar infinito y desconocido. Abandonarme al hechizo de cada verso tatuado entre los márgenes de mi pequeño universo de papel. A veces no sabemos mirar mas allá del telón que los dioses dispusieron para tapar el horizonte. A veces no entendemos que hay una historia detrás de cada cicatriz, un sentimiento detrás de cada lágrima. Esculpimos sueños sin atrevernos a vivirlos, nos dejamos llevar por la marea sin hacer el esfuerzo de remar, alimentamos las hogueras que acabarán por devorarnos. De ahí la importancia de poner puntos y apartes. De ahí este empeño por llenar vacíos, por mirar con estos ojos que se abren para traspasar con su mirada las cortinas, las fachadas, que se interponen entre el alma y las pupilas. De ahí la importancia de dejar al descubierto el contorno desnudo de los sueños mas sublimes, de las miserias descarnadas, de los huesos sin su piel, de los corazones sin su pecho. Esta vocación de oficio, que adquiere con el tiempo la solemnidad de un ritual, no hace sino disfrazar lo que en esencia es, ante todo, necesidad. Una necesidad que me nombra y me define, que me da las alas que necesito para sobrevolar los muros, las fronteras, las adversidades, y tejer desde allí arriba esos versos que llenan de nubes mis horizontes, las páginas de mis cuadernos. Hoy tengo de pronto treinta años. Hoy respiro dulce melancolía. Ya llevo andada una buena parte del camino. Atrás quedaron rostros y momentos, horizontes y silencios, triunfos, muecas, redenciones, esperanzas, decepciones, manos, ombligos y sonrisas. Toda una antología de los pasos que dejaron una huella imperceptible en este eterno transitar. Que dejaron constancia en forma de apuntes y recuerdos. Y sin embargo, queda aún tanto por vivir que el alma se me impacienta. Tengo ganas de seguir haciendo camino, de seguir compartiendo, de seguir definiéndome a cada paso. Queda aún tanto por vivir que hoy me animo a celebrar, a sacarle brillo a todos esos sueños que siguen enquistados al fondo del baúl. En lo mas profundo del alma de quien escribe.

lunes, 21 de marzo de 2011

Sol de invierno (De amaneceres, primaveras y postdatas)

Un aire recién nacido inundará Madrid de amanecer tras esas ventanas cerradas que velan mi sueño. Junto a la cama respirarán aún los rescoldos humeantes de la última noche, esa pequeña antología de libros y cojines, de papeles arrugados que aún conservarán el hervor de los versos descartados, metáforas ardientes que sobrepasarán sus renglones. Sucumbirá el invierno en esta especie de postdata, antes de que los gritos del despertador rompan en pedazos la piñata de los sueños, cuya metralla teñirá de mares y bahías el vaho de los cristales. Me quedaré un instante varado en esa arena que, poco a poco, irá adquiriendo esa inerte textura de colchón, para después levar anclas y echar un lado las cortinas permitiendo que el horizonte inunde las paredes. Ahí afuera el sol de invierno presumirá de su mortaja. Tal vez hoy volvamos a afrontar otra mañana plateada, con sus aceras preñadas de charcos, escarcha derritiéndose en pupilas evasivas, las mismas canciones de relleno en la frecuencia modulada, el agua helada de la ducha, el café templado del desayuno, y los arrabales de un nuevo día que se abre en nuestra agenda, presuntamente lunes. Seguirá acechando el calendario, pero no me dejaré acorralar por las manillas del reloj. Pasearé deprisa, caminando de puntillas, por las páginas del diario. Trataré de digerir este sucio inventario de alarmas nucleares, maremotos, precampañas electorales, decretazos, carteleras, petardos, fallas y verbenas, medallas, premios Goya y cuarenta equis en quinielas que nunca señalan ese punto impreciso en el mapa donde se esconde el cofre que guarda los abrazos que no dimos. Seguirán ardiendo las calles de Trípoli y Bengazi, mientras marzo sigue ciego en su empeño por dar esquinazo a esta primavera que ya destilan las ramas de los almendros. Seguiremos siendo los de siempre, apurando noches e inviernos entre cielos y abismos, anclados junto a la ensenada de la barra de algún bar de madrugada, naufragando en colchones compartidos, tomando conciencia de que el tiempo no pasa en balde, dejándonos los puños al quebrar muros, fronteras y espejismos, afrontando la treintena, confundiendo la verdad con la belleza, encerrando el mar en un vaso de agua, luchando para no hacer nuestras las mentiras que una vez combatimos. Tal vez caigamos de pronto en la cuenta de lo tentador que resulta echar la vista atrás, repasar las páginas de lo vivido, hacer inventario de recuerdos, de las viejas heridas, de esas grietas abiertas en el alma por las que a veces se escurren los sueños, las sonrisas. Sin embargo, sabemos de sobra que hoy es siempre todavía, que toda la vida es ahora. Y ahora es momento de vivir, de volver a florecer, de seguir haciéndonos hueco, de brindar a la salud de esta primavera presentida. Porque mañana será tarde. Porque este corazón no pretende posponer la magia intensa de latir. Porque los sueños no tienen fecha de caducidad. Porque aún nos quedan fuerzas para remar, hambre de horizontes, y esta capacidad para vivir cada naufragio y sentir el arrebato de las olas despertar nuestra conciencia.

jueves, 10 de marzo de 2011

Carnaval (De muecas, cenizas e ironías)

El sol se cubre el rostro con su velo de nubes grises y las calles de la ciudad se engalanan para velar a un nuevo invierno que agoniza entre sábanas de tormenta. Una lluvia insistente va empapando almas y abrigos en este miércoles de ceniza, recordándome a un torrente de sangre rompiendo el cauce de arterias sesgadas. Madrid revuelve el viejo arcón de los recuerdos, echando mano del manojo de prendas que darán forma a su disfraz. Poco a poco se van amontonando sobre un suelo de cartón. Chimeneas, antenas y cables, negros arcoiris, caritas y caretas, naipes bajo las mangas y un sinfín de palabras arrinconadas en alguna esquina de la chistera. Charangas, batucadas, pasodobles que rompen en pedazos guiones y silencios, bombillas que quisieron ser estrellas tiritando de frío a medio camino entre el cielo y el asfalto. Sobres cerrados sin destinatario, vagones de metro que surcan mares subterráneos, estados de excepción, oficinas, comercios y verbenas, iglesias y campanas que repican para señalar el toque de queda. Avenidas, bulevares y semáforos desgastándose con el roce helado del viento de poniente, herrumbre en los escaparates y estatuas abandonadas a su suerte en las glorietas que ven la vida transitar conteniendo la respiración, con cierto aire de nostalgia. Terrazas, azoteas y ventanas, jirones de luna prendidos de la cuerda de tender, balada triste de sirenas de ambulancia. Millones de zapatos que desfilan al ritmo de tambores y manillas de reloj, antología de sábanas sucias, gramática sutil de versos callados. Paraguas, sombreros y maletines en la enorme procesión de trajes con nombres y apellidos, con algún atisbo de latidos escondidos entre sus pliegues. Espesos maquillajes que borran rostros imprecisos, sueños que se cruzan sin mirarse a los ojos, sin reflejarse en los charcos sembrados al azar por la última tormenta. Piratas con mono azul sangrando las aceras en busca del tesoro, corsarios con escaño y corbata, carteros sembrando los buzones de facturas, policias con cara de pistola, conciencias malheridas, causas aparcadas, amazonas escotadas, taxistas suicidas, putas sin esquinas, toreros con trajes de luces y la sombra en la mirada. Cada mañana cuando abrimos de par en par ojos y ventanas, con algunos sueños enquistados al fondo de las pupilas, damos la bienvenida al carnaval de lo cotidiano, a este escenario de a diario. Y al mirarnos fugazmente en el espejo que cuelga de la pared del baño, tal vez recordemos ese alma que respira bajo la máscara.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Lisboa (De mares, fachadas y saudades)

La noche iba quedando atrás mientras aquel viejo tren reptaba perezosamente a través de extensas llanuras que dormían. Desde el andén de Santa Apolonia pude contemplar las fachadas del barrio de Alfama, en las que el tiempo y las lágrimas dejaron huella de su paso. Lisboa me recibía con una luz tenue de mañana adormecida, con una leve llovizna, con el sabor de un buen café que me despertaba, un abrazo de amistad y uno de esos pastelitos de Belem que acaricían el paladar, llenándote la boca de dulces expectativas. Después, tuve cuatro días para pasear y naufragar a mis anchas, para conocer los rincones mágicos de una ciudad que, desde su asiento del estuario, siempre quiso mirar mas allá de los mares que se interponían entre el mundo real y el imaginario. El Mosteiro dos Jeronimos se yergue esbelto en el mismo lugar en el que antaño algunos hombres velaron una noche entera antes de entregarse a los caprichos del océano, antes de emprender un largo viaje hacia lo desconocido que habría de llevarles hasta las costas de la India. Hoy es fácil darse cuenta de que las cosas han cambiado, aunque Lisboa conserva en sus fachadas desgastadas, en sus cuestas adoquinadas, esa extraña sensación de vetusta atemporalidad que llena todos sus rincones. Es como si su reloj se hubiera quedado detenido en algún punto del pasado, mientras que, a su alrededor, el tiempo hubiera seguido su camino hacia delante. Quizás eso explique ese curioso sentimiento que los portugueses llaman saudade, que podría resumirse en la necesidad de mirar hacia atrás con cierta nostalgia, aceptando ese pesar que supone caer en la cuenta de que no se puede recuperar todo lo vivido, de que el pasado seguirá ahí, hiriendo la conciencia al recordarlo, con la impotencia que surge como consecuencia de esas leyes de la física que dictan a las manillas del reloj cierta urgencia por seguir caminando hacia delante. Quizás eso explique a su vez la esencia del fado que se escucha de fondo al doblar algunas esquinas. Y sin embargo, nosotros volvimos a imponer el criterio del presente. Porque entre vaso y vaso de Oporto surgían los recuerdos de lo vivido, las estampas del ayer, pero también las expectativas, los anhelos del mañana, las ganas de vivir, de apurar aquella noche. Brindamos en las calles del Bairro Alto, y sobre los manteles de papel del Dom Pedro, a nuestra salud, por una amistad a la que aún le quedarán algunas páginas por escribir, algunos vasos que dejar vacíos. Quizás no haya llegado aún el momento de vivir de los recuerdos, aunque, de una forma o de otra, pese a la poesía del asunto, no es sano alimentarse del pan duro que a veces es lo único que queda del pasado. Porque debemos escribir nuestra historia cada mañana al despertar, al enfrentarnos vez tras vez al mar embravecido que se extiende a orillas del colchón. Cada día que vivimos afrontamos ese océano de la existencia que puede reservarnos todo tipo de sorpresas y naufragios. Y al mirar atrás recordamos viejas historias de sirenas, piratas o tesoros, o quizás, simplemente, nos limitamos a pensar en las colonias. Depende de nosotros mismos. Pero lo que importa es saber mirar hacia delante, y sobre todo, saber disfrutar de la travesía. Desde los miradores de Lisboa puede contemplarse la ciudad a orillas del Tajo, y ese mar que acecha en la distancia, que puede ser el camino hacia mundos soñados, pero también esa fuerza implacable del destino que se amotina, inundando las calles y dejando tras de si una estela de escombros y vidas ahogadas. Sin embargo, cualquiera puede ver desde allí arriba que Lisboa también se encuentra a orillas del cielo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La cita (II)(De caminos, relojes y esperanzas)

Verte aparecer por la puerta de aquel bar, con la sonrisa de costumbre, debió ser casi como ver amanecer algunas horas mas tarde desde el coche. La noche nos reservaba algunos brindis y abrazos, alguna canción con la que dejarnos la garganta, sin importarnos que no hubiera radiocasete. Tras las ventanillas bajadas, o desde lo alto del parque, volvíamos a ver como Madrid volvía a estar, una vez mas, a nuestros pies. A lo largo de los últimos diez años habíamos demostrado que el tiempo no vence todas las batallas. Habíamos conquistado Roma, Amsterdam, Berlín, y habíamos vuelto en mas de una ocasión a contemplar la Alhambra desde aquella plaza arbolada que bautizamos como el mirador del califa. Habíamos caminado por playas y horizontes infinitos, habíamos echado anclas en mas de una barra, habíamos dejado que mas de una sirena nos embaucara con su canto. Habíamos vivido tantos momentos buenos que sería imposible recordarlos, y cuando a alguno de nosotros le tocaba degustar los tragos mas amargos, ahí estaba el otro para hacer que el ánimo volviera a fluir por las venas. Tal vez aún nos queden duras batallas por delante. Las manillas del reloj seguirán dando vueltas, igual que vueltas seguirá dando la vida. Porque nunca se sabe que es lo que nos espera al doblar la próxima esquina. Hoy vuelves a afrontar un otoño sin renglones. Quizás te preguntes, una vez mas, qué hacer cuando el vacío echa sus raíces al fondo del pecho, cuando el alma se llena de tachones. Pero sabes, como yo, que todo dependerá de ti mismo, que tienes la fuerza necesaria para empuñar las armas y volver a la batalla, Yo seguiré tratando de encontrarme, meciéndome en esos brazos que hoy me abrazan, ejerciendo esta vocación por el exilio que me lleva a naufragar en ciudades a deshoras, con esa lluvia fina que a veces hace brillar las estrellas sobre las aceras, calando los corazones que laten sin paraguas ni contemplaciones. Pero se que, después de todo, allí donde tiritan algunos de ellos es donde siempre estará mi hogar, que es algo mas que cuatro simples paredes. Seguiremos asumiendo los cambios, los paréntesis, viviendo en el camino. A veces caeremos en la cuenta de que, efectivamente, la vida iba en serio. Verás que, mas pronto que tarde, vuelve a despuntar el sol en tus amaneceres. Verás como, tras el invierno, volverás a sentir ese tacto inconfundible de la primavera llenando con sus luces cada rincón. Aún nos quedarán muchas citas pendientes con la vida, una infinidad de horizontes que recorrer por primera vez, pero también esos rincones a los que regresar cada vez que el tiempo parezca escurrirse entre nuestras manos. El secreto está en saborear cada instante como si la vida nunca fuera a dar marcha atrás, como si cada segundo vivido fuera un quiebro a ese reloj que pretende imponernos su criterio. Aún nos quedan algunas cartas que poner sobre el tapete, y si el tiempo pretende jugársela a una mano, siempre nos quedará una baraja rota al fondo del bolsillo. Pero, sobre todo, recuerda que dentro de diez años tienes otra cita…

jueves, 11 de noviembre de 2010

La cita (I) (De bares, promesas y recuerdos)

Nada o casi nada había cambiado al abrigo de aquel bar. Yo afrontaba ese careo con el tiempo sin tener muy claro si, al menos, podría ganarle otra batalla. Mientras te esperaba fui sacando poco a poco los recuerdos del baúl. Todo aquello que habíamos llevado a cuestas a lo largo de los últimos diez años, todo aquello que habíamos vivido. Lo mucho que habíamos reído, lo mucho que habíamos amado, pero también lo mucho que habíamos ido dejando atrás a cada paso. Por primera vez, fui realmente consciente de lo rápido que giraban las manillas del reloj. Pero, al fin y al cabo, allí estaba, paseando el bolígrafo sobre mis páginas inciertas, que ardían sólo con rozarlas, levantando la cabeza para mirar de reojo hacia la puerta cada vez que el chasquido de sus goznes rompía la monotonía de aquel silencio tan poco compasivo. A veces se me escapaba algún recuerdo que salpicaba la árida planicie de aquella mesa de madera. Otras veces, me bastaba un rápido vistazo a la espesura del bar para darme cuenta de que todo encajaba con aquella imagen idílica que tantas veces habíamos imaginado, que se ajustaba de forma alarmantemente precisa a lo estricto del guión. De pronto los recuerdos se mezclaban con las expectativas. Por no faltar, no faltaba ni la rubia que fumaba al final de la barra. Y los recuerdos seguían amontonándose sobre la mesa, como las colillas en el cenicero. Pasaban los minutos y las horas, con esa misma naturalidad hiriente con la que pasan los años. Pedí otra cerveza. Tal vez me asaltaran algunas dudas, o lo que es peor, algunas certezas. Pero sabía que seguiría esperándote para brindar contigo o con tu silla vacía. Fuese como fuese, seguiría esperándote , abandonándome a esos recuerdos que había ido sacando cuidadosamente del baúl, que irían tiñendo de cenizas aquella mesa arrinconada en las esquinas del tiempo. Fuese como fuese, sería hermoso vivir aquella espera.

martes, 7 de septiembre de 2010

Anatomía de la lluvia (I) (De tormentas, ángeles y charcos)


Llueve. Esas gotas de lluvia son como pequeñas estrellas que caen desde las alturas, suspiros encendidos de este cielo de verano. En mis recuerdos también oigo caer la lluvia. Vuelvo a ver una ciudad envuelta en su traje gris bajo un cielo plateado tras el cual podía intuirse el firmamento. Recuerdo aquellas cartas que escribí junto a una ventana. Mientras me derramaba sobre esas páginas en blanco veía como se empapaba la trastienda de mis sueños, como aquel universo de tejados, aceras y chimeneas se iba poco a poco llenando de charcos. Porque hay veces, mi vida, que tenemos que bebernos esa lluvia ácida mezclada con ibuprofeno. Hay veces que la tormenta se nos viene encima, calando sobre una piel que no sabe hacer de impermeable, llenándonos el alma de goteras. Hoy, sin embargo, vuelvo a ver la poesía que encierran esos mismos arrebatos de lluvia. Versos que en su brevedad nutren la tierra mientras el cielo entero se viste de plata. Charcos como espejos, que a veces nos devuelven la sonrisa, que al fragmentarse bajo nuestros pasos se cuelan tímidamente entre las sandalias para ofrecernos la frescura de su tacto, haciéndonos evocar la caricia de las orillas. Esas gotas de lluvia que arañan los cristales del café son lágrimas del cielo, esa extraña química del rocío que brota de unos ojos libres cuando el alma así lo impone. Y que al derramarse arrastran con ellas algunos sueños, algunos recuerdos, una parte íntima de nosotros mismos, dejando abierto de par en par ese telón tan infinitamente nuestro. Porque no hay horizonte mas sutil que el que se abre tras unos ojos, entre los pliegues de una mirada. Espejos de la inmensidad de un alma. Espejos y lágrimas se quiebran sobre las aceras de Madrid en esta tarde de verano, desvaneciéndose como ráfagas de viento. Pero dejan prendida del aire la estela de su magia, esa fragancia inconfundible que sugiere que esas lágrimas de lluvia que se abalanzan sobre desfiles de paraguas se componen de la misma materia que da forma a los sueños y a los ángeles. Hay quien dice que las tormentas son el llanto de los ángeles, que no pueden evitar llorar por el mundo. Sin embargo, yo pienso que esas lágrimas traen con ellas la emoción de esos seres intangibles que contemplan desde la quietud de sus nubes como la vida hierve aquí abajo. Confieso que hay momentos en los que un ateo no puede ocultar que, pese a todo, todavía sigue creyendo en los ángeles. Se que algunos de ellos se decidieron a tomar partido, cansados de mirar desde las alturas los latidos de un mundo en blanco y negro, lanzándose de cabeza hacia nuestras aceras para compartir los azares de una vida mortal, para poner color en nuestras vidas. Por fuera parecen de carne y hueso, pero basta abrirse paso hasta su alma para descubrir que los latidos de ese corazón que ocultan bajo el pecho son algo mas que simple materia. Basta mirarles a los ojos para ver que el alma que se esconde tras sus pupilas brilla con la misma intensidad que las estrellas. Cuando te abrazan, la sangre hierve en las venas. Y cuando te besan se detiene el tiempo en ese instante, haciendo que todo alrededor se paralice como las agujas de un reloj al que olvidamos darle cuerda. Ese instante resume en si mismo la esencia de todos los sentidos, los del cuerpo y los del alma. Por eso, cuando la lluvia araña mis cristales me acuerdo de ti. Y me pregunto si estarás llorando, porque, tal vez, el mundo no sea lo suficientemente grande como para acoger la magnitud de tu sonrisa. Porque quizás la vida tiene a veces ese tipo de cosas que nos humedecen los párpados y las pupilas sin que lleguemos a comprender las leyes de esa física implacable que rige las emociones. Pero debes saber que pronto volverá a salir el sol. Debes saber que, mientras tanto, tus lágrimas nutrirán de versos mis latidos. Estos versos que hoy te ofrezco para que tengas con ellos un fragmento de mi alma, de este corazón que ya es tuyo, y cumplir de paso con una de tantas promesas pendientes.