miércoles, 15 de junio de 2011

Soliloquio del maniquí (De cuerpos, trajes y rebajas)

Vivo encerrado en la calidez de mi burbuja. Sostengo la mirada al frente, viendo la vida pasar al otro lado del cristal, escuchando esos ruídos de fondo que llenan la ciudad. Aprendí a ensayar la pose, a cubrir mi desnudez tras la espesura de mis trajes, a sentir que soy fachada, a mirarte de reojo cuando pasas ante mi sin detenerte para regalarme una sonrisa. Aunque decir "sentir" es hablar por hablar, poco mas que una simple licencia poética. Porque yo no siento, ni opino, ni padezco. Soy, lo que se dice, un esclavo de la moda. No soy mas que lo que ves. Nunca me dieron voz ni sentimientos. Estas piernas no fueron hechas para caminar, estos brazos no son capaces de abrazar, estas manos nunca sujetarán un bolígrafo, una flor ni una pistola. No fueron hechas para apretar otras manos, ni para sembrar, ni siquiera para limpiar la pared de mi burbuja. Nunca sabrán acariciar el mapa de otra piel desnuda, ni expresar con sus caricias todo aquello para lo que a veces no bastan las palabras. Mi mundo se reduce a lo que puedo abarcar tras el marco de mi escaparate. Se que mis ojos transmiten ausencia, que no fueron hechos para brillar, para ser espejo, para sostener el calor de otra mirada. Pero me alcanzan para mirar el pequeño horizonte de mi acera, sin preocuparme de que exista algo mas allá. En cierta forma, me creo feliz con mi pequeña parcela de poder. Porque me imagino el mundo como un gran escaparate, en el que unos cuantos dictan las las leyes, modelan las conciencias, señalan el camino y marcan los renglones, los límites, ya sabeis, todos esos parámetros de la moda. Y el planeta gira y gira, arrodillándose, sometiéndose, ajustándose a las pautas, siguiendo la senda de lo establecido. Es la dictadura de las apariencias, la oligarquía del vacío. Veo desde aquí como hombres y mujeres viven de rebajas, como se impone la idea de que todo, y de que tod@s nos guiamos por la ley de la oferta y la demanda. Porque todo tiene un precio, al igual que estos retales que exhibo, que sirven para cubrir mi piel de plástico. Es verdad que hay veces que envidio esa fragilidad que define al ser humano. A mi tambien me gustaría saber lo que es llorar, lo que es sangrar, lo que es reír, dejarme seducir por el estribillo de una canción, embriagarme con el aroma de la primavera, tener esperanza, echar de menos... Quisiera saber lo que es soñar. Quisiera ser como esos niños que miran al mundo con unos ojos llenos de inocencia o que patean una pelota. Quisiera sentir lo mismo que esos ancianos que caminan sin prisas, con esos rasgos arrugados que hablan de una vida a cuestas, con esos trajes de otros tiempos, remendados quizás docenas de veces, siempre con una historia detrás de cada puntada. Quisiera ser como esa pareja que se besa bajo la tormenta algunas madrugadas, bajo la tímida luz de una farola. Quisiera saber que se siente en esa entrega, con la lluvia empapando el traje y la piel, pero con la sensación de que todo se resume en ese instante, de que no existe mundo mas allá de esos cuerpos anudados, de ese beso atemporal. ¿Que extraña fuerza debe inundar el alma cuando pronuncia la palabra "nosotros"? A veces pienso, sin embargo, que no somos tan distintos. Y entonces me gustaría golpear con fuerza los cristales de mi escaparate, y dejarme la garganta gritando ¡Haced que la vida merezca ese nombre!¡Sentid vosotros que podeis!¡Que estallen vuestros corazones en latidos! Porque cuando veo pasar el último autobús. cargado de rostros ausentes que regresan del trabajo, hay veces que sólo veo tristes maniquíes que lloran cuando apagan la luz desde el colchón, justo antes de dormir.

martes, 31 de mayo de 2011

Flores de Mayo (De pétalos, primaveras y utopías)

Hoy trato de ejercer de corresponsal del mes de Mayo, de cronista de utopías, de voz de la conciencia. Trato de hablaros de la luz que alumbra esta primavera improvisada, de esos ecos de esperanza que levantan su voz desde las entrañas de la tierra, que llenan con su fuerza las plazas de Madrid, de medio mundo, que aprendieron a mirar al cielo, a desplegar sus alas y a volar. Cansadas ya de padecer las inclemencias del invierno, las semillas dieron su fruto, y las calles se han llenado de pétalos que estallan en mil colores, desafiando la tiranía impuesta por el blanco y negro. Atrás quedaron los tiempos de silencios y desengaños, de asumir como realidad un simple decorado de cartón, en el que cada un@ asumíamos nuestro papel sin salirnos del guión establecido, padeciendo e interiorizando la resignación, la rigidez, con la que se esforzaron en hacernos crecer. Hart@s de estar hart@s hemos roto en pedazos esos renglones sucios. Por fin, ese ejército de maniquíes ha aprendido que había mundo mas allá de las vitrinas de sus escaparates, y rompiendo de un golpe los cristales se ha lanzado de cabeza a las aceras. Hemos descubierto que tenemos voz, que tenemos conciencia, que somos capaces de organizarnos, de hacernos oír, de ser noticia. Ocupamos las plazas de la ciudad, improvisamos asambleas, levantamos una enorme haima en la Puerta del Sol, un espacio para vivir la utopía, para hacerla nuestra. Junt@s decidimos que era mejor escribir la Historia que leerla en los libros. Nuestra generación, que ha padecido el mal endémico del dejar hacer, que a menudo se ha resignado en dejarse guíar, en permitir que otros piensen y decidan, que se ha acostumbrado a eludir la responsabilidad y el compromiso, sustituyéndolos por la resignación y el conformismo, ha descubierto por fin los barrotes que hay tras la cortina, los monstruos que se esconden tras el rosa de los putos cuentos. Sabemos que habrá que aguantar el peso de la tormenta sobre nuestras cabezas. Sabemos que la libertad tiene un precio. Volverá a cerrarse el telón sobre nosotr@s, querrán vendernos la misma resignación, el mismo abandono. Querrán volver a reírse en nuestras caras, convencernos de que nuestros papeles volverán a mojarse cuando regrese el temporal para vaciar sobre nosotros su torrente de sinrazón. Querrán comprarnos con sus cheques en blanco y sin fondos, querrán drogarnos con promesas vacías, querrán hacernos sangrar con sus golpes de porra y sus pelotas de goma, querrán ahogar nuestras voces en las sucias entrañas de sus calabozos, en las alcantarillas de su estado de derecho, en las cloacas de su democracia. Pero hemos vuelto a creer que aún queda arena de playa bajo los adoquines de las plazas, que tal vez florezcan nuevos pétalos bajo estas toneladas de alquitrán, bajo estas calles asfaltadas. Porque nuestros sueños no caben en sus urnas electorales. Se ha abierto una grieta en la densidad del espejismo, y por ella se filtra la luz que nos hará crecer, ese pedazo de horizonte que nos dice que el mañana es nuestro. Y sabemos de sobra que otros muros han caído. Aunque pensemos que caminamos despacio, lo cierto es que vamos muy lejos. Nuestra conciencia colectiva ha despertado. Haremos temblar los cimientos de este mundo, porque se ha abierto un claro entre las nubes, y hemos visto brillar el sol en plena noche. Porque las flores de Mayo han sacado los pies del tiesto, y sus raíces habrán de llegar hasta el corazón de la tierra. Porque hoy sabemos, mas que nunca, que otro Mayo es posible.

viernes, 6 de mayo de 2011

El oficio de escritor (De almas, caminos y vocaciones)

El mediodía me sorprende haciendo una pausa en un café del centro. A fuerza de caminar siento como mía la piel de esta ciudad que contemplo enmarcada por la ventana que hay junto a la mesa en la que escribo. Madrid se abre de par en par a esta mañana de viernes, celebrando cada minuto de esta tímida primavera que pinta flores a escondidas en las esquinas. Hoy cumplo treinta años, que es lo mismo que decir que llevo a cuestas treinta primaveras. No se si será la sonora contundencia de esa cifra tan rotunda, o quizás mi propia tendencia a mirar atrás, a repasar lo vivido, pero el caso es que hoy me llena esa dulce melancolía de quien se asoma al espejo para descubrir las huellas que va dejando el paso del tiempo en ese alma que respira tras las pupilas. Me asaltan los recuerdos, que brillan con nitidez al pasar las páginas de mis cuadernos, esa antología que resume la esencia del camino, de los horizontes recorridos, entre sus versos y renglones, entre sus metáforas y sus silencios. Reflexiono sobre los motivos que, a lo largo de estos años, me han llevado a ejercer esta vocación que yo llamo "oficio de escritor". La respuesta es sencilla. Escribir supone para mi sentirme vivo. Siento luego escribo. Consciente del esfuerzo que supone mirar al mundo directamente a la cara asumo la responsabilidad de mirar con otros ojos, de palpar la realidad con otras manos, de modelar palabras que vayan mas allá de descripciones ausentes, de renglones vacíos. Porque mirar al mundo es sentirlo, es hacer mío ese intenso palpitar que me dice que hay un corazón latiendo bajo este océano de asfalto. Y sin embargo, es difícil describir la sensación que me invade cada vez que asumo la magia de levar anclas, de soltar amarras, para abandonarme a la intensa travesía que supone acercarse a cada página en blanco, que es como un mar infinito y desconocido. Abandonarme al hechizo de cada verso tatuado entre los márgenes de mi pequeño universo de papel. A veces no sabemos mirar mas allá del telón que los dioses dispusieron para tapar el horizonte. A veces no entendemos que hay una historia detrás de cada cicatriz, un sentimiento detrás de cada lágrima. Esculpimos sueños sin atrevernos a vivirlos, nos dejamos llevar por la marea sin hacer el esfuerzo de remar, alimentamos las hogueras que acabarán por devorarnos. De ahí la importancia de poner puntos y apartes. De ahí este empeño por llenar vacíos, por mirar con estos ojos que se abren para traspasar con su mirada las cortinas, las fachadas, que se interponen entre el alma y las pupilas. De ahí la importancia de dejar al descubierto el contorno desnudo de los sueños mas sublimes, de las miserias descarnadas, de los huesos sin su piel, de los corazones sin su pecho. Esta vocación de oficio, que adquiere con el tiempo la solemnidad de un ritual, no hace sino disfrazar lo que en esencia es, ante todo, necesidad. Una necesidad que me nombra y me define, que me da las alas que necesito para sobrevolar los muros, las fronteras, las adversidades, y tejer desde allí arriba esos versos que llenan de nubes mis horizontes, las páginas de mis cuadernos. Hoy tengo de pronto treinta años. Hoy respiro dulce melancolía. Ya llevo andada una buena parte del camino. Atrás quedaron rostros y momentos, horizontes y silencios, triunfos, muecas, redenciones, esperanzas, decepciones, manos, ombligos y sonrisas. Toda una antología de los pasos que dejaron una huella imperceptible en este eterno transitar. Que dejaron constancia en forma de apuntes y recuerdos. Y sin embargo, queda aún tanto por vivir que el alma se me impacienta. Tengo ganas de seguir haciendo camino, de seguir compartiendo, de seguir definiéndome a cada paso. Queda aún tanto por vivir que hoy me animo a celebrar, a sacarle brillo a todos esos sueños que siguen enquistados al fondo del baúl. En lo mas profundo del alma de quien escribe.

lunes, 21 de marzo de 2011

Sol de invierno (De amaneceres, primaveras y postdatas)

Un aire recién nacido inundará Madrid de amanecer tras esas ventanas cerradas que velan mi sueño. Junto a la cama respirarán aún los rescoldos humeantes de la última noche, esa pequeña antología de libros y cojines, de papeles arrugados que aún conservarán el hervor de los versos descartados, metáforas ardientes que sobrepasarán sus renglones. Sucumbirá el invierno en esta especie de postdata, antes de que los gritos del despertador rompan en pedazos la piñata de los sueños, cuya metralla teñirá de mares y bahías el vaho de los cristales. Me quedaré un instante varado en esa arena que, poco a poco, irá adquiriendo esa inerte textura de colchón, para después levar anclas y echar un lado las cortinas permitiendo que el horizonte inunde las paredes. Ahí afuera el sol de invierno presumirá de su mortaja. Tal vez hoy volvamos a afrontar otra mañana plateada, con sus aceras preñadas de charcos, escarcha derritiéndose en pupilas evasivas, las mismas canciones de relleno en la frecuencia modulada, el agua helada de la ducha, el café templado del desayuno, y los arrabales de un nuevo día que se abre en nuestra agenda, presuntamente lunes. Seguirá acechando el calendario, pero no me dejaré acorralar por las manillas del reloj. Pasearé deprisa, caminando de puntillas, por las páginas del diario. Trataré de digerir este sucio inventario de alarmas nucleares, maremotos, precampañas electorales, decretazos, carteleras, petardos, fallas y verbenas, medallas, premios Goya y cuarenta equis en quinielas que nunca señalan ese punto impreciso en el mapa donde se esconde el cofre que guarda los abrazos que no dimos. Seguirán ardiendo las calles de Trípoli y Bengazi, mientras marzo sigue ciego en su empeño por dar esquinazo a esta primavera que ya destilan las ramas de los almendros. Seguiremos siendo los de siempre, apurando noches e inviernos entre cielos y abismos, anclados junto a la ensenada de la barra de algún bar de madrugada, naufragando en colchones compartidos, tomando conciencia de que el tiempo no pasa en balde, dejándonos los puños al quebrar muros, fronteras y espejismos, afrontando la treintena, confundiendo la verdad con la belleza, encerrando el mar en un vaso de agua, luchando para no hacer nuestras las mentiras que una vez combatimos. Tal vez caigamos de pronto en la cuenta de lo tentador que resulta echar la vista atrás, repasar las páginas de lo vivido, hacer inventario de recuerdos, de las viejas heridas, de esas grietas abiertas en el alma por las que a veces se escurren los sueños, las sonrisas. Sin embargo, sabemos de sobra que hoy es siempre todavía, que toda la vida es ahora. Y ahora es momento de vivir, de volver a florecer, de seguir haciéndonos hueco, de brindar a la salud de esta primavera presentida. Porque mañana será tarde. Porque este corazón no pretende posponer la magia intensa de latir. Porque los sueños no tienen fecha de caducidad. Porque aún nos quedan fuerzas para remar, hambre de horizontes, y esta capacidad para vivir cada naufragio y sentir el arrebato de las olas despertar nuestra conciencia.

jueves, 10 de marzo de 2011

Carnaval (De muecas, cenizas e ironías)

El sol se cubre el rostro con su velo de nubes grises y las calles de la ciudad se engalanan para velar a un nuevo invierno que agoniza entre sábanas de tormenta. Una lluvia insistente va empapando almas y abrigos en este miércoles de ceniza, recordándome a un torrente de sangre rompiendo el cauce de arterias sesgadas. Madrid revuelve el viejo arcón de los recuerdos, echando mano del manojo de prendas que darán forma a su disfraz. Poco a poco se van amontonando sobre un suelo de cartón. Chimeneas, antenas y cables, negros arcoiris, caritas y caretas, naipes bajo las mangas y un sinfín de palabras arrinconadas en alguna esquina de la chistera. Charangas, batucadas, pasodobles que rompen en pedazos guiones y silencios, bombillas que quisieron ser estrellas tiritando de frío a medio camino entre el cielo y el asfalto. Sobres cerrados sin destinatario, vagones de metro que surcan mares subterráneos, estados de excepción, oficinas, comercios y verbenas, iglesias y campanas que repican para señalar el toque de queda. Avenidas, bulevares y semáforos desgastándose con el roce helado del viento de poniente, herrumbre en los escaparates y estatuas abandonadas a su suerte en las glorietas que ven la vida transitar conteniendo la respiración, con cierto aire de nostalgia. Terrazas, azoteas y ventanas, jirones de luna prendidos de la cuerda de tender, balada triste de sirenas de ambulancia. Millones de zapatos que desfilan al ritmo de tambores y manillas de reloj, antología de sábanas sucias, gramática sutil de versos callados. Paraguas, sombreros y maletines en la enorme procesión de trajes con nombres y apellidos, con algún atisbo de latidos escondidos entre sus pliegues. Espesos maquillajes que borran rostros imprecisos, sueños que se cruzan sin mirarse a los ojos, sin reflejarse en los charcos sembrados al azar por la última tormenta. Piratas con mono azul sangrando las aceras en busca del tesoro, corsarios con escaño y corbata, carteros sembrando los buzones de facturas, policias con cara de pistola, conciencias malheridas, causas aparcadas, amazonas escotadas, taxistas suicidas, putas sin esquinas, toreros con trajes de luces y la sombra en la mirada. Cada mañana cuando abrimos de par en par ojos y ventanas, con algunos sueños enquistados al fondo de las pupilas, damos la bienvenida al carnaval de lo cotidiano, a este escenario de a diario. Y al mirarnos fugazmente en el espejo que cuelga de la pared del baño, tal vez recordemos ese alma que respira bajo la máscara.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Lisboa (De mares, fachadas y saudades)

La noche iba quedando atrás mientras aquel viejo tren reptaba perezosamente a través de extensas llanuras que dormían. Desde el andén de Santa Apolonia pude contemplar las fachadas del barrio de Alfama, en las que el tiempo y las lágrimas dejaron huella de su paso. Lisboa me recibía con una luz tenue de mañana adormecida, con una leve llovizna, con el sabor de un buen café que me despertaba, un abrazo de amistad y uno de esos pastelitos de Belem que acaricían el paladar, llenándote la boca de dulces expectativas. Después, tuve cuatro días para pasear y naufragar a mis anchas, para conocer los rincones mágicos de una ciudad que, desde su asiento del estuario, siempre quiso mirar mas allá de los mares que se interponían entre el mundo real y el imaginario. El Mosteiro dos Jeronimos se yergue esbelto en el mismo lugar en el que antaño algunos hombres velaron una noche entera antes de entregarse a los caprichos del océano, antes de emprender un largo viaje hacia lo desconocido que habría de llevarles hasta las costas de la India. Hoy es fácil darse cuenta de que las cosas han cambiado, aunque Lisboa conserva en sus fachadas desgastadas, en sus cuestas adoquinadas, esa extraña sensación de vetusta atemporalidad que llena todos sus rincones. Es como si su reloj se hubiera quedado detenido en algún punto del pasado, mientras que, a su alrededor, el tiempo hubiera seguido su camino hacia delante. Quizás eso explique ese curioso sentimiento que los portugueses llaman saudade, que podría resumirse en la necesidad de mirar hacia atrás con cierta nostalgia, aceptando ese pesar que supone caer en la cuenta de que no se puede recuperar todo lo vivido, de que el pasado seguirá ahí, hiriendo la conciencia al recordarlo, con la impotencia que surge como consecuencia de esas leyes de la física que dictan a las manillas del reloj cierta urgencia por seguir caminando hacia delante. Quizás eso explique a su vez la esencia del fado que se escucha de fondo al doblar algunas esquinas. Y sin embargo, nosotros volvimos a imponer el criterio del presente. Porque entre vaso y vaso de Oporto surgían los recuerdos de lo vivido, las estampas del ayer, pero también las expectativas, los anhelos del mañana, las ganas de vivir, de apurar aquella noche. Brindamos en las calles del Bairro Alto, y sobre los manteles de papel del Dom Pedro, a nuestra salud, por una amistad a la que aún le quedarán algunas páginas por escribir, algunos vasos que dejar vacíos. Quizás no haya llegado aún el momento de vivir de los recuerdos, aunque, de una forma o de otra, pese a la poesía del asunto, no es sano alimentarse del pan duro que a veces es lo único que queda del pasado. Porque debemos escribir nuestra historia cada mañana al despertar, al enfrentarnos vez tras vez al mar embravecido que se extiende a orillas del colchón. Cada día que vivimos afrontamos ese océano de la existencia que puede reservarnos todo tipo de sorpresas y naufragios. Y al mirar atrás recordamos viejas historias de sirenas, piratas o tesoros, o quizás, simplemente, nos limitamos a pensar en las colonias. Depende de nosotros mismos. Pero lo que importa es saber mirar hacia delante, y sobre todo, saber disfrutar de la travesía. Desde los miradores de Lisboa puede contemplarse la ciudad a orillas del Tajo, y ese mar que acecha en la distancia, que puede ser el camino hacia mundos soñados, pero también esa fuerza implacable del destino que se amotina, inundando las calles y dejando tras de si una estela de escombros y vidas ahogadas. Sin embargo, cualquiera puede ver desde allí arriba que Lisboa también se encuentra a orillas del cielo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

La cita (II)(De caminos, relojes y esperanzas)

Verte aparecer por la puerta de aquel bar, con la sonrisa de costumbre, debió ser casi como ver amanecer algunas horas mas tarde desde el coche. La noche nos reservaba algunos brindis y abrazos, alguna canción con la que dejarnos la garganta, sin importarnos que no hubiera radiocasete. Tras las ventanillas bajadas, o desde lo alto del parque, volvíamos a ver como Madrid volvía a estar, una vez mas, a nuestros pies. A lo largo de los últimos diez años habíamos demostrado que el tiempo no vence todas las batallas. Habíamos conquistado Roma, Amsterdam, Berlín, y habíamos vuelto en mas de una ocasión a contemplar la Alhambra desde aquella plaza arbolada que bautizamos como el mirador del califa. Habíamos caminado por playas y horizontes infinitos, habíamos echado anclas en mas de una barra, habíamos dejado que mas de una sirena nos embaucara con su canto. Habíamos vivido tantos momentos buenos que sería imposible recordarlos, y cuando a alguno de nosotros le tocaba degustar los tragos mas amargos, ahí estaba el otro para hacer que el ánimo volviera a fluir por las venas. Tal vez aún nos queden duras batallas por delante. Las manillas del reloj seguirán dando vueltas, igual que vueltas seguirá dando la vida. Porque nunca se sabe que es lo que nos espera al doblar la próxima esquina. Hoy vuelves a afrontar un otoño sin renglones. Quizás te preguntes, una vez mas, qué hacer cuando el vacío echa sus raíces al fondo del pecho, cuando el alma se llena de tachones. Pero sabes, como yo, que todo dependerá de ti mismo, que tienes la fuerza necesaria para empuñar las armas y volver a la batalla, Yo seguiré tratando de encontrarme, meciéndome en esos brazos que hoy me abrazan, ejerciendo esta vocación por el exilio que me lleva a naufragar en ciudades a deshoras, con esa lluvia fina que a veces hace brillar las estrellas sobre las aceras, calando los corazones que laten sin paraguas ni contemplaciones. Pero se que, después de todo, allí donde tiritan algunos de ellos es donde siempre estará mi hogar, que es algo mas que cuatro simples paredes. Seguiremos asumiendo los cambios, los paréntesis, viviendo en el camino. A veces caeremos en la cuenta de que, efectivamente, la vida iba en serio. Verás que, mas pronto que tarde, vuelve a despuntar el sol en tus amaneceres. Verás como, tras el invierno, volverás a sentir ese tacto inconfundible de la primavera llenando con sus luces cada rincón. Aún nos quedarán muchas citas pendientes con la vida, una infinidad de horizontes que recorrer por primera vez, pero también esos rincones a los que regresar cada vez que el tiempo parezca escurrirse entre nuestras manos. El secreto está en saborear cada instante como si la vida nunca fuera a dar marcha atrás, como si cada segundo vivido fuera un quiebro a ese reloj que pretende imponernos su criterio. Aún nos quedan algunas cartas que poner sobre el tapete, y si el tiempo pretende jugársela a una mano, siempre nos quedará una baraja rota al fondo del bolsillo. Pero, sobre todo, recuerda que dentro de diez años tienes otra cita…

jueves, 11 de noviembre de 2010

La cita (I) (De bares, promesas y recuerdos)

Nada o casi nada había cambiado al abrigo de aquel bar. Yo afrontaba ese careo con el tiempo sin tener muy claro si, al menos, podría ganarle otra batalla. Mientras te esperaba fui sacando poco a poco los recuerdos del baúl. Todo aquello que habíamos llevado a cuestas a lo largo de los últimos diez años, todo aquello que habíamos vivido. Lo mucho que habíamos reído, lo mucho que habíamos amado, pero también lo mucho que habíamos ido dejando atrás a cada paso. Por primera vez, fui realmente consciente de lo rápido que giraban las manillas del reloj. Pero, al fin y al cabo, allí estaba, paseando el bolígrafo sobre mis páginas inciertas, que ardían sólo con rozarlas, levantando la cabeza para mirar de reojo hacia la puerta cada vez que el chasquido de sus goznes rompía la monotonía de aquel silencio tan poco compasivo. A veces se me escapaba algún recuerdo que salpicaba la árida planicie de aquella mesa de madera. Otras veces, me bastaba un rápido vistazo a la espesura del bar para darme cuenta de que todo encajaba con aquella imagen idílica que tantas veces habíamos imaginado, que se ajustaba de forma alarmantemente precisa a lo estricto del guión. De pronto los recuerdos se mezclaban con las expectativas. Por no faltar, no faltaba ni la rubia que fumaba al final de la barra. Y los recuerdos seguían amontonándose sobre la mesa, como las colillas en el cenicero. Pasaban los minutos y las horas, con esa misma naturalidad hiriente con la que pasan los años. Pedí otra cerveza. Tal vez me asaltaran algunas dudas, o lo que es peor, algunas certezas. Pero sabía que seguiría esperándote para brindar contigo o con tu silla vacía. Fuese como fuese, seguiría esperándote , abandonándome a esos recuerdos que había ido sacando cuidadosamente del baúl, que irían tiñendo de cenizas aquella mesa arrinconada en las esquinas del tiempo. Fuese como fuese, sería hermoso vivir aquella espera.

martes, 7 de septiembre de 2010

Anatomía de la lluvia (I) (De tormentas, ángeles y charcos)


Llueve. Esas gotas de lluvia son como pequeñas estrellas que caen desde las alturas, suspiros encendidos de este cielo de verano. En mis recuerdos también oigo caer la lluvia. Vuelvo a ver una ciudad envuelta en su traje gris bajo un cielo plateado tras el cual podía intuirse el firmamento. Recuerdo aquellas cartas que escribí junto a una ventana. Mientras me derramaba sobre esas páginas en blanco veía como se empapaba la trastienda de mis sueños, como aquel universo de tejados, aceras y chimeneas se iba poco a poco llenando de charcos. Porque hay veces, mi vida, que tenemos que bebernos esa lluvia ácida mezclada con ibuprofeno. Hay veces que la tormenta se nos viene encima, calando sobre una piel que no sabe hacer de impermeable, llenándonos el alma de goteras. Hoy, sin embargo, vuelvo a ver la poesía que encierran esos mismos arrebatos de lluvia. Versos que en su brevedad nutren la tierra mientras el cielo entero se viste de plata. Charcos como espejos, que a veces nos devuelven la sonrisa, que al fragmentarse bajo nuestros pasos se cuelan tímidamente entre las sandalias para ofrecernos la frescura de su tacto, haciéndonos evocar la caricia de las orillas. Esas gotas de lluvia que arañan los cristales del café son lágrimas del cielo, esa extraña química del rocío que brota de unos ojos libres cuando el alma así lo impone. Y que al derramarse arrastran con ellas algunos sueños, algunos recuerdos, una parte íntima de nosotros mismos, dejando abierto de par en par ese telón tan infinitamente nuestro. Porque no hay horizonte mas sutil que el que se abre tras unos ojos, entre los pliegues de una mirada. Espejos de la inmensidad de un alma. Espejos y lágrimas se quiebran sobre las aceras de Madrid en esta tarde de verano, desvaneciéndose como ráfagas de viento. Pero dejan prendida del aire la estela de su magia, esa fragancia inconfundible que sugiere que esas lágrimas de lluvia que se abalanzan sobre desfiles de paraguas se componen de la misma materia que da forma a los sueños y a los ángeles. Hay quien dice que las tormentas son el llanto de los ángeles, que no pueden evitar llorar por el mundo. Sin embargo, yo pienso que esas lágrimas traen con ellas la emoción de esos seres intangibles que contemplan desde la quietud de sus nubes como la vida hierve aquí abajo. Confieso que hay momentos en los que un ateo no puede ocultar que, pese a todo, todavía sigue creyendo en los ángeles. Se que algunos de ellos se decidieron a tomar partido, cansados de mirar desde las alturas los latidos de un mundo en blanco y negro, lanzándose de cabeza hacia nuestras aceras para compartir los azares de una vida mortal, para poner color en nuestras vidas. Por fuera parecen de carne y hueso, pero basta abrirse paso hasta su alma para descubrir que los latidos de ese corazón que ocultan bajo el pecho son algo mas que simple materia. Basta mirarles a los ojos para ver que el alma que se esconde tras sus pupilas brilla con la misma intensidad que las estrellas. Cuando te abrazan, la sangre hierve en las venas. Y cuando te besan se detiene el tiempo en ese instante, haciendo que todo alrededor se paralice como las agujas de un reloj al que olvidamos darle cuerda. Ese instante resume en si mismo la esencia de todos los sentidos, los del cuerpo y los del alma. Por eso, cuando la lluvia araña mis cristales me acuerdo de ti. Y me pregunto si estarás llorando, porque, tal vez, el mundo no sea lo suficientemente grande como para acoger la magnitud de tu sonrisa. Porque quizás la vida tiene a veces ese tipo de cosas que nos humedecen los párpados y las pupilas sin que lleguemos a comprender las leyes de esa física implacable que rige las emociones. Pero debes saber que pronto volverá a salir el sol. Debes saber que, mientras tanto, tus lágrimas nutrirán de versos mis latidos. Estos versos que hoy te ofrezco para que tengas con ellos un fragmento de mi alma, de este corazón que ya es tuyo, y cumplir de paso con una de tantas promesas pendientes.

viernes, 9 de julio de 2010

Save Me (De autobuses, aceras y extrarradios)


Te escribo desde los arrabales inquietos de un verano sin comillas, desde un rincón cualquiera de esta periferia que nos vio nacer, que nos enseñó a crecer tratando siempre de mirar un poco mas allá, a imaginar un mar tras los pliegues del telón que dibujan esos horizontes imprecisos. Nada ha cambiado desde la última tormenta, salvo quizás esta piel que hoy se viste de corto y de sandalias, que se desnuda al mirarse al espejo de otra piel y sueña con naufragios. Que consiente que pase el tiempo sin dejar que se funda el acero enquistado en su mirada, sin renunciar nunca a ser su propio autorretrato. Una piel que hoy, sin entrar en los motivos, se empeña en recordar aquel roce de llovizna que calaba los abrigos dejando en entredicho esa función de coraza que a veces quiere desempeñar la piel, aquel tacto de niebla posada sobre las aceras. Subir a la segunda planta del autobús era casi como tocar el cielo. Cada vez que la tarde se escapaba entre fachadas de ladrillo y borrones de hollín, siempre me quedaba una ventanilla desde la que veía arder mis naves mientras rehacía esos atajos que me llevaban hasta tu barrio. Y en mitad del silencio alguna frase, garabateada toscamente sobre un pedazo de cristal. Sálvame de las ausencias, de las ironías, de los bombardeos, de esa niebla que ensucia miradas y horizontes. Sálvame de las sonrisas vacías, de las muecas, de los fragmentos de metralla. Sálvame del filo de la noche, de esas calles espantosas como grutas, de los alambres de espino que cierran la ruta hacia un cielo despejado. Sálvame de las dunas, del recuerdo, de las grietas, de esas sirenas de ambulancia que no dejan oír como cae la lluvia, de esas banderas que absorben el color para decretar el blanco y negro. Hoy vuelvo a escribirte con la conciencia mas tranquila, con este corazón que apura con cuidado cada latido, por fin a salvo, contemplando ese mar imaginario que acaricia nuestras costas y ensancha nuestros horizontes. Esperando que regreses para seguir compartiendo el privilegio de estar vivos.

miércoles, 19 de mayo de 2010

A Ronnie James Dio (Die Young)


Behind a smile
There´s danger and a promise to be told
You´ll never get old
Life´s fantasy
To be locked away and still to think you´re free
You´re free!!
You´re free!!

So live for today
Tomorrow never comes
Die young, die young
Can´t you see the writing in the air?
Die young, gonna die young
Someone stopped the fair.

El pasado dieciséis de mayo nos ha dejado, a la edad de sesenta y siete años, el gran Ronnie James Dio. Teniendo en cuenta la escasa repercusión que ha tenido la noticia en los medios de comunicación, así como la posibilidad de que muchos de vosotros ni siquiera le conocierais, he decidido dedicarle un pequeño espacio en mi kuaderno a modo de merecido homenaje. El mundo del heavy metal llora hoy la pérdida de una de sus figuras mas relevantes y entrañables, de su voz mas emblemática y potente. Porque ha muerto el mas grande, uno de esos pocos artistas dentro de este mundillo que podía presumir de ser una auténtica leyenda en vida. Sería una locura tratar de resumir en estas breves líneas sus mas de cuatro décadas en activo como vocalista de bandas como Rainbow, Black Sabbath y Dio entre otras. Prefiero centrarme en lo que ha significado para mi, y probablemente para muchas otras personas a las que esta música les dice algo. No suelo ser amigo de los arrebatos de emotividad que surgen cuando fallece alguna de esas personas que llamamos “estrellas”. Como muchos de vosotros ya sabéis soy de los que piensa que a este mundo le sobran altares. Pero debo reconocer que, en este caso, me he sentido profundamente conmovido por esta noticia tan inesperada. Quizás tenga algo que ver esta predisposición a la nostalgia, o tal vez esa magia que tiene la música a la hora de remover sentimientos, de hacernos evocar ciertos momentos. Ahora recuerdo los buenos ratos que he pasado a lo largo de estos años con las canciones de Dio sonando de fondo… en los conciertos, en los bares, en mi habitación, en compañía o en solitario. Para los que hemos tenido el privilegio de verle actuar en directo se hace duro pensar de repente que ya no volveremos a verle sobre un escenario, que tendremos que resignarnos a no encontrar su nombre en el cartel del siguiente festival del verano, que ya no habrá próxima gira en la que dejarnos la garganta coreando los estribillos de tantas canciones que podrían ser perfectamente los himnos de toda una vida. Porque cuando Dio alzaba su inconfundible voz desde el escenario una extraña magia se apoderaba del ambiente alcanzando a todos y cada uno de los presentes, sin permitir que nadie se marchara indiferente. Todo esto me hace reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre lo que significa dejar atrás tantos rostros y momentos vividos que habrán de volver de vez en cuando disfrazados de recuerdos. Ahora, que me miro al espejo y descubro que sigo sin cortarme la melena, que salgo por los mismos bares, que escucho una y otra vez las mismas canciones, que continuo alimentando algunos sueños, algunas causas perdidas, me pregunto hasta que punto el tiempo nos hace cambiar, o hasta donde podemos seguir considerándonos nosotros mismos. Probablemente algo dentro de mi seguirá temblando cada vez que en la Urbe suene Rainbow in the Dark, Rock and Roll Children o Heaven and Hell. Y probablemente piense que, de alguna forma, sigues con nosotros. Se que te habría gustado morir sobre las tablas, con las botas puestas, en primera línea de frente con un micro en la mano. Pero el maldito cáncer te lo ha impedido. Sin embargo, ahora eres inmortal, porque nos quedará tu música, los recuerdos que nos traerán tus canciones, que seguirán sonando mientras este planeta siga dando vueltas. Sabemos que, de alguna forma, una pequeña parte de nosotros se ha marchado contigo, que los rockeros nos hemos quedado un poco huérfanos, ahora que no estás. Pero sabemos también que una parte de ti se quedará con nosotros. Hasta siempre, viejo amigo. Te echaremos de menos.

lunes, 3 de mayo de 2010

Marble Eyes (De miradas, héroes y esculturas)


Al entrar al British Museum procuré dejar tendidas mis ironías junto a la salida de emergencia. Se trataba de escribir sobre las tablas ese mismo guión que venía repasando desde mi niñez. Por eso, al traspasar el umbral de la puerta no pude evitar cerrar los ojos, tal vez para no perder detalles mientras repasaba las incontables ocasiones en las que había soñado ese momento. Mereció la pena. Porque al volver a abrirlos me encontré de pronto bajo la impresionante cubierta de cristal diseñada por Norman Foster, que desempeñaba a la perfección el papel de cielo. Allí estaban los bajorrelieves del palacio de Nimrud, los mármoles del Partenón, la piedra de Rosetta… Toda una antología de la belleza que disfrutar de la única manera posible. A través de los sentidos. Es difícil resumir las sensaciones que me invadían al contemplar cualquiera de aquellas hermosas Afroditas de mirada ausente. Tal vez no baste la complicidad del mármol para expresar los latidos de vida que encierran esas estatuas, para contener las sutilezas de un alma inquieta. Un alma que tirita en cada latido. A veces pienso que estamos esculpidos en el interior de las piedras. Nadie sospecha lo que sudamos. Nadie sabe cuántas veces nos deshacemos en heridas mal cicatrizadas. Tal vez nos digamos a menudo que nada es para tanto, mientras buscamos el abrigo de algunos baños que parecen farmacias. Confieso que a veces me duele no encontrar el brillo de la vida en los ojos de las estatuas. Porque existe una gramática de las miradas, sutil e intensa, capaz de encerrar en su lenguaje una fuerza expresiva que trasciende los límites del silencio. Y sin embargo, a veces pienso que ese vacío nos es mas que un cielo azul sobre el que pintar nubes que se dan la mano. Hoy nadie cree en los antiguos dioses. Los hemos convertido en piezas de museo, aunque a este mundo le sobran altares, y a veces se desborda por la fragilidad de tantos héroes posmodernos. Hombres y mujeres que navegan por las aceras de sus ciudades, con sus pequeños y grandes sueños, con sus luchas, sus fracasos, sus modestas alegrías, sus tragedias cotidianas. Con sus miradas vivas, con sus manos agrietadas que saben sembrar, que saben dar caricias. Y son esas mismas manos las que escriben la Historia. Llegué a sentirme como Sísifo, acarreando su enorme piedra rumbo a una cima que quedaba velada por la niebla londinense. Canté a coro con las sirenas del pub de la esquina. Levanté mi pinta de cerveza para brindar con Orfeo mientras planificábamos una nueva fuga a los infiernos. El Olimpo quedaba demasiado lejos, justo al otro lado de la Northern Line. Y sólo me quedaban unas cuántas monedas en el bolsillo, que preferí reservarme para pagar a Caronte, por si me decidía a cruzar un Támesis disfrazado de laguna Estigia. Después de todo, como escribió Cavafis, lo importante no era llegar a Ítaca. Lo importante era el viaje. Al final la primavera siempre acaba por despejar todas las dudas. Y al vivir esta sutil mitología de lo cotidiano, me quedo con ese momento en el que Ícaro movía sus alas con la esperanza de rozar el cielo con los labios.