jueves, 19 de noviembre de 2015
A Javier Krahe (De parábolas, ingenio y ovaciones)
sábado, 31 de enero de 2015
Hasta siempre Wilfred (De ascensos, pizzas y domingos)
lunes, 24 de noviembre de 2014
Lisboa II (De fados, nostalgias y cocoteros)
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Adeu Tatu
viernes, 14 de noviembre de 2014
Café en vaso con leche fría (De escritos, propósitos y estimulantes)
viernes, 15 de noviembre de 2013
Sentido del olfato (De mierda, mierda y mierda)
domingo, 9 de diciembre de 2012
Soliloquio del pincel (De lienzos, manos y memorias)
viernes, 27 de enero de 2012
Soliloquio del espejo (De sueños, vanidades y reflejos)

La penumbra se irá vistiendo poco a poco con retales de luz pálida y mortecina. Pronto amanecerá. Aullarán millones de despertadores. Tiritarán de frío las farolas y las aceras se pintarán los labios para recibir las caricias de ese sol de plástico que nunca falta a la cita. Pero no quedará nadie ahí fuera. No habrá flores en los balcones ni sonrisas tras las cortinas. No habrá ropa tendida en las terrazas ni melodías en la frecuencia modulada. Sólo quedará un ejército de sombras errantes, vagas formas impersonales, el cuerpo de las almas que un día habitaron estas calles. En mitad del silencio quedará el eco de sus frases, el vago rumor de las sirenas, el gemido sordo de los árboles que mecen sus ramas desnudas al contacto de la brisa. Se que pensaban al mirarnos que no éramos mas que objetos impersonales. Se que creían mirarse a si mismos cuando nos miraban, aunque en realidad eran ellos quienes eran observados. También los espejos tenemos memoria. Tenemos oídos que captan los sonidos mas disimulados. Tenemos ojos que saben mirar mas allá de los muros y paredes tras los que creyeron encerrarnos. Y a fuerza de mirar aprendimos. Ellos nunca se dieron cuenta. Pero a fuerza de mirar fuimos dando forma a nuestros reflejos., creando un mundo paralelo. Construimos un decorado perfecto. Copiamos sus habitaciones y pasillos, copiamos sus cuartos de baño, sus pueblos y ciudades, sus parques, sus avenidas y sus aeropuertos. Asumimos sus plazas, sus mercados, sus oficinas, sus palacios, sus prisiones, sus alcantarillas, sus fábricas y sus estaciones. Fue sencillo dar el siguiente paso. Aprendimos a imitar sus movimientos, a leer sus pensamientos, a interiorizar sus miedos. Retuvimos el hielo de las miradas, el acero de las palabras, el calor de las sonrisas, la compleja jerga del silencio. Aprendimos la gramática de los sentidos, el sabor de la nieve y de la sal, el tacto de la piel y de las nubes, el aroma del tabaco y de la soledad, el rumor de los susurros y las olas, la textura de los besos y el sudor. Aprendimos la lengua de la arena y de las caracolas, el crepitar de las hogueras y de esa lluvia que incendia los charcos y ensucia las fachadas, los versos del abandono, los instintos asesinos, el dolor de las heridas, la memoria de las cicatrices, del filo del metal y de las sábanas. Sólo hubo algo que se escapó de nuestra mirada. Sólo sus sueños se resistieron a nuestros ojos. Porque los sueños son la esencia del ser humano. Los sueños son siempre lo que son, esa parte íntima de ellos mismos en la que siempre fueron verdaderos. Pero poco a poco fuimos aprendiendo a sentir, o algo equivalente. Les amábamos tanto como les odiábamos. Y paso a paso nos fuimos haciendo con el control. Les susurrábamos a veces que eran los mas bellos, y otras veces llenábamos sus rostros de arrugas, esos surcos mudos del paso del tiempo. Nuestro juego nos llevaba a llenarles el rostro de ojeras o a pintar de plata sus cabellos. Les enseñamos la magia del maquillaje. Les inculcamos la costumbre de calzarse una máscara antes de salir a pasear. Nos divertimos incitándoles a ensayar la pose, a simular pasos de baile y gestos abstractos. A veces se pasaban horas mirando un reflejo artificial, tratando de reconocerse. Inventamos el culto a la imagen, la compleja liturgia de lo superficial. Y lo que empezó siendo un simple juego acabó por convertirse en un complot elaborado. Porque, víctimas de su propia vanidad, acabaron por depender de nosotros. Ninguno era capaz de mirar mas allá de si mismo. Cuando llegó el momento preciso nos decidimos. Millones de relojes sincronizados anunciaron la medianoche. Y al sonar la última campanada todos quedaron atrapados en nuestro interior. Desde entonces prosiguen su existencia sin ser conscientes de que no son sino pálidos reflejos de lo que fueron, simples fotocopias atrapadas en un gigantesco decorado, separados del mundo real por una sencilla superficie pulida de cristal. Una frontera frágil y sutil, una especie de burbuja, que nadie será capaz de traspasar. Porque después de todo ¿quién de ellos caerá en la cuenta de que ya no sueña?
jueves, 26 de enero de 2012
Soliloquio del peatón (De crisis, latidos y rebaños)

Esta mañana me golpea el frío viento de poniente. Trae consigo versos de borrasca y un manojo de nubes grises que derraman su llanto sobre las calles de Madrid en forma de leve llovizna. Cuando cierro los ojos sólo queda un estribillo de gotas de lluvia arañando el asfalto y el cristal de miles de ventanas. Eterno manantial de notas vacías. Tan solo el abismo silencioso de las partituras en blanco. De cuando era niño me queda la costumbre de caminar bajo la lluvia sin paraguas. Me gusta pisar los charcos. Observar como se hacen pedazos esos espejos casuales bajo la suela de mis botas. Y ver como se diluye en pequeños fragmentos ese alma que reflejan, ese rostro familiar que me mira desde el extraño mas allá que se adivina bajo el lienzo de las aceras. Después de todo, no es sino un rostro anónimo. Uno mas de los millones que pasean su semblante impenetrable por los arrabales de esta ciudad fantasma, mirando de reojo, deteniéndose ante los escaparates, sorteando esos leves posos de agua sucia. Madrid, desfigurada. se descompone en esos mismos espejos, privada de su maquillaje tras haber retirado las bombillas de colores y los anuncios publicitarios. A veces, cuando escribo, me veo obligado a afrontar las inclemencias del vacío, que son mucho peores que las del invierno. Siento como se agotan mis metáforas, mis adjetivos, todo este arsenal de pronombres, preposiciones y sentimientos con los que trato de abrirme paso a través de la espesura de estos papeles en blanco. Mi bolígrafo se desangra sobre las páginas del cuaderno. Y mientras se agota su tinta siento como el mundo muere a mi alrededor. Esta maldita crisis se extiende mas allá de los mercados financieros y los tipos de interés. Día tras día observo los efectos de esta gripe posmoderna que consume almas y conciencias. Día tras día me hiere ese vacío en las miradas, ese poso de cenizas en sonrisas forzadas. Me duelen esos rostros de presidio que caminan junto a mi por las alamedas y los bulevares, que se cruzan con el mío en los pasos de peatones, en la cola del mercado. Al pasear por las calles de esta ciudad sitiada me cuesta imaginar que se esconde el sol tras esas nubes grises, que el suelo está preñado de raíces bajo esa piel de asfalto, que laten corazones bajo los pliegues de los abrigos. Pronto se impondrá el toque de queda. Nos acechará el invierno, con sus grilletes de escarcha, con sus tambores de tempestad. Convertirá en hielo nuestros suspiros. Quedarán cautivas y desarmadas las palabras en nuestras gargantas. Nos sentiremos desamparados, huérfanos, desahuciados. Nuestros sentimientos mas íntimos serán hipotecados. Tendremos que escuchar las carcajadas de los soldados y los mercaderes, echándose a suertes nuestras ropas, mientras nos desangramos unos pasos mas allá. O quizás seamos capaces de tomar conciencia, de hacernos a tiempo las preguntas adecuadas. ¿Por qué llamamos vida a este estado de sitio? ¿Por qué nos creemos libres cuando son otros los que dictan nuestros pasos? ¿Por qué llenamos el mar de lágrimas negras? ¿Por qué nuestras manos se olvidaron de sembrar? ¿Por qué nuestros cuartos de baño parecen farmacias? ¿Por qué nos calzamos una máscara cada mañana al despertar? ¿Por qué desembarcaron en la playa? ¿Por qué vendimos nuestro alma a dioses, diablos y banqueros? ¿Por qué somos esclavos de lo material? ¿Por qué confundimos el sentimiento colectivo con la inercia del rebaño? ¿Por qué no nos miramos a los ojos? ¿Por qué mentimos? ¿Por qué posponemos todo para un mañana que nunca llega? ¿Por qué pensamos que nuestros sueños caben en sus urnas electorales? ¿Por qué no creamos algo distinto a esos cielos inalcanzables o infiernos terrenales? ¿Hay algo mas allá de ese miedo que nos llena? ¿Somos capaces de sentirnos humanos mas allá de las fronteras de nuestro colchón? Aún estamos a tiempo de despertar. Aún podemos tomar partido. Un ejército de peatones puede llenar las calles, detener el tráfico y hacer temblar con sus pasos los cimientos de este decorado que nos vendieron como el mundo real. Y sin embargo ¿por qué nos empeñamos en mantener los ojos cerrados y pasar de largo?
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Soliloquio del suburbano (De andenes, elefantes e ironías)

miércoles, 15 de junio de 2011
Soliloquio del maniquí (De cuerpos, trajes y rebajas)
Vivo encerrado en la calidez de mi burbuja. Sostengo la mirada al frente, viendo la vida pasar al otro lado del cristal, escuchando esos ruídos de fondo que llenan la ciudad. Aprendí a ensayar la pose, a cubrir mi desnudez tras la espesura de mis trajes, a sentir que soy fachada, a mirarte de reojo cuando pasas ante mi sin detenerte para regalarme una sonrisa. Aunque decir "sentir" es hablar por hablar, poco mas que una simple licencia poética. Porque yo no siento, ni opino, ni padezco. Soy, lo que se dice, un esclavo de la moda. No soy mas que lo que ves. Nunca me dieron voz ni sentimientos. Estas piernas no fueron hechas para caminar, estos brazos no son capaces de abrazar, estas manos nunca sujetarán un bolígrafo, una flor ni una pistola. No fueron hechas para apretar otras manos, ni para sembrar, ni siquiera para limpiar la pared de mi burbuja. Nunca sabrán acariciar el mapa de otra piel desnuda, ni expresar con sus caricias todo aquello para lo que a veces no bastan las palabras. Mi mundo se reduce a lo que puedo abarcar tras el marco de mi escaparate. Se que mis ojos transmiten ausencia, que no fueron hechos para brillar, para ser espejo, para sostener el calor de otra mirada. Pero me alcanzan para mirar el pequeño horizonte de mi acera, sin preocuparme de que exista algo mas allá. En cierta forma, me creo feliz con mi pequeña parcela de poder. Porque me imagino el mundo como un gran escaparate, en el que unos cuantos dictan las las leyes, modelan las conciencias, señalan el camino y marcan los renglones, los límites, ya sabeis, todos esos parámetros de la moda. Y el planeta gira y gira, arrodillándose, sometiéndose, ajustándose a las pautas, siguiendo la senda de lo establecido. Es la dictadura de las apariencias, la oligarquía del vacío. Veo desde aquí como hombres y mujeres viven de rebajas, como se impone la idea de que todo, y de que tod@s nos guiamos por la ley de la oferta y la demanda. Porque todo tiene un precio, al igual que estos retales que exhibo, que sirven para cubrir mi piel de plástico. Es verdad que hay veces que envidio esa fragilidad que define al ser humano. A mi tambien me gustaría saber lo que es llorar, lo que es sangrar, lo que es reír, dejarme seducir por el estribillo de una canción, embriagarme con el aroma de la primavera, tener esperanza, echar de menos... Quisiera saber lo que es soñar. Quisiera ser como esos niños que miran al mundo con unos ojos llenos de inocencia o que patean una pelota. Quisiera sentir lo mismo que esos ancianos que caminan sin prisas, con esos rasgos arrugados que hablan de una vida a cuestas, con esos trajes de otros tiempos, remendados quizás docenas de veces, siempre con una historia detrás de cada puntada. Quisiera ser como esa pareja que se besa bajo la tormenta algunas madrugadas, bajo la tímida luz de una farola. Quisiera saber que se siente en esa entrega, con la lluvia empapando el traje y la piel, pero con la sensación de que todo se resume en ese instante, de que no existe mundo mas allá de esos cuerpos anudados, de ese beso atemporal. ¿Que extraña fuerza debe inundar el alma cuando pronuncia la palabra "nosotros"? A veces pienso, sin embargo, que no somos tan distintos. Y entonces me gustaría golpear con fuerza los cristales de mi escaparate, y dejarme la garganta gritando ¡Haced que la vida merezca ese nombre!¡Sentid vosotros que podeis!¡Que estallen vuestros corazones en latidos! Porque cuando veo pasar el último autobús. cargado de rostros ausentes que regresan del trabajo, hay veces que sólo veo tristes maniquíes que lloran cuando apagan la luz desde el colchón, justo antes de dormir.martes, 31 de mayo de 2011
Flores de Mayo (De pétalos, primaveras y utopías)
Hoy trato de ejercer de corresponsal del mes de Mayo, de cronista de utopías, de voz de la conciencia. Trato de hablaros de la luz que alumbra esta primavera improvisada, de esos ecos de esperanza que levantan su voz desde las entrañas de la tierra, que llenan con su fuerza las plazas de Madrid, de medio mundo, que aprendieron a mirar al cielo, a desplegar sus alas y a volar. Cansadas ya de padecer las inclemencias del invierno, las semillas dieron su fruto, y las calles se han llenado de pétalos que estallan en mil colores, desafiando la tiranía impuesta por el blanco y negro. Atrás quedaron los tiempos de silencios y desengaños, de asumir como realidad un simple decorado de cartón, en el que cada un@ asumíamos nuestro papel sin salirnos del guión establecido, padeciendo e interiorizando la resignación, la rigidez, con la que se esforzaron en hacernos crecer. Hart@s de estar hart@s hemos roto en pedazos esos renglones sucios. Por fin, ese ejército de maniquíes ha aprendido que había mundo mas allá de las vitrinas de sus escaparates, y rompiendo de un golpe los cristales se ha lanzado de cabeza a las aceras. Hemos descubierto que tenemos voz, que tenemos conciencia, que somos capaces de organizarnos, de hacernos oír, de ser noticia. Ocupamos las plazas de la ciudad, improvisamos asambleas, levantamos una enorme haima en la Puerta del Sol, un espacio para vivir la utopía, para hacerla nuestra. Junt@s decidimos que era mejor escribir la Historia que leerla en los libros. Nuestra generación, que ha padecido el mal endémico del dejar hacer, que a menudo se ha resignado en dejarse guíar, en permitir que otros piensen y decidan, que se ha acostumbrado a eludir la responsabilidad y el compromiso, sustituyéndolos por la resignación y el conformismo, ha descubierto por fin los barrotes que hay tras la cortina, los monstruos que se esconden tras el rosa de los putos cuentos. Sabemos que habrá que aguantar el peso de la tormenta sobre nuestras cabezas. Sabemos que la libertad tiene un precio. Volverá a cerrarse el telón sobre nosotr@s, querrán vendernos la misma resignación, el mismo abandono. Querrán volver a reírse en nuestras caras, convencernos de que nuestros papeles volverán a mojarse cuando regrese el temporal para vaciar sobre nosotros su torrente de sinrazón. Querrán comprarnos con sus cheques en blanco y sin fondos, querrán drogarnos con promesas vacías, querrán hacernos sangrar con sus golpes de porra y sus pelotas de goma, querrán ahogar nuestras voces en las sucias entrañas de sus calabozos, en las alcantarillas de su estado de derecho, en las cloacas de su democracia. Pero hemos vuelto a creer que aún queda arena de playa bajo los adoquines de las plazas, que tal vez florezcan nuevos pétalos bajo estas toneladas de alquitrán, bajo estas calles asfaltadas. Porque nuestros sueños no caben en sus urnas electorales. Se ha abierto una grieta en la densidad del espejismo, y por ella se filtra la luz que nos hará crecer, ese pedazo de horizonte que nos dice que el mañana es nuestro. Y sabemos de sobra que otros muros han caído. Aunque pensemos que caminamos despacio, lo cierto es que vamos muy lejos. Nuestra conciencia colectiva ha despertado. Haremos temblar los cimientos de este mundo, porque se ha abierto un claro entre las nubes, y hemos visto brillar el sol en plena noche. Porque las flores de Mayo han sacado los pies del tiesto, y sus raíces habrán de llegar hasta el corazón de la tierra. Porque hoy sabemos, mas que nunca, que otro Mayo es posible.viernes, 6 de mayo de 2011
El oficio de escritor (De almas, caminos y vocaciones)
El mediodía me sorprende haciendo una pausa en un café del centro. A fuerza de caminar siento como mía la piel de esta ciudad que contemplo enmarcada por la ventana que hay junto a la mesa en la que escribo. Madrid se abre de par en par a esta mañana de viernes, celebrando cada minuto de esta tímida primavera que pinta flores a escondidas en las esquinas. Hoy cumplo treinta años, que es lo mismo que decir que llevo a cuestas treinta primaveras. No se si será la sonora contundencia de esa cifra tan rotunda, o quizás mi propia tendencia a mirar atrás, a repasar lo vivido, pero el caso es que hoy me llena esa dulce melancolía de quien se asoma al espejo para descubrir las huellas que va dejando el paso del tiempo en ese alma que respira tras las pupilas. Me asaltan los recuerdos, que brillan con nitidez al pasar las páginas de mis cuadernos, esa antología que resume la esencia del camino, de los horizontes recorridos, entre sus versos y renglones, entre sus metáforas y sus silencios. Reflexiono sobre los motivos que, a lo largo de estos años, me han llevado a ejercer esta vocación que yo llamo "oficio de escritor". La respuesta es sencilla. Escribir supone para mi sentirme vivo. Siento luego escribo. Consciente del esfuerzo que supone mirar al mundo directamente a la cara asumo la responsabilidad de mirar con otros ojos, de palpar la realidad con otras manos, de modelar palabras que vayan mas allá de descripciones ausentes, de renglones vacíos. Porque mirar al mundo es sentirlo, es hacer mío ese intenso palpitar que me dice que hay un corazón latiendo bajo este océano de asfalto. Y sin embargo, es difícil describir la sensación que me invade cada vez que asumo la magia de levar anclas, de soltar amarras, para abandonarme a la intensa travesía que supone acercarse a cada página en blanco, que es como un mar infinito y desconocido. Abandonarme al hechizo de cada verso tatuado entre los márgenes de mi pequeño universo de papel. A veces no sabemos mirar mas allá del telón que los dioses dispusieron para tapar el horizonte. A veces no entendemos que hay una historia detrás de cada cicatriz, un sentimiento detrás de cada lágrima. Esculpimos sueños sin atrevernos a vivirlos, nos dejamos llevar por la marea sin hacer el esfuerzo de remar, alimentamos las hogueras que acabarán por devorarnos. De ahí la importancia de poner puntos y apartes. De ahí este empeño por llenar vacíos, por mirar con estos ojos que se abren para traspasar con su mirada las cortinas, las fachadas, que se interponen entre el alma y las pupilas. De ahí la importancia de dejar al descubierto el contorno desnudo de los sueños mas sublimes, de las miserias descarnadas, de los huesos sin su piel, de los corazones sin su pecho. Esta vocación de oficio, que adquiere con el tiempo la solemnidad de un ritual, no hace sino disfrazar lo que en esencia es, ante todo, necesidad. Una necesidad que me nombra y me define, que me da las alas que necesito para sobrevolar los muros, las fronteras, las adversidades, y tejer desde allí arriba esos versos que llenan de nubes mis horizontes, las páginas de mis cuadernos. Hoy tengo de pronto treinta años. Hoy respiro dulce melancolía. Ya llevo andada una buena parte del camino. Atrás quedaron rostros y momentos, horizontes y silencios, triunfos, muecas, redenciones, esperanzas, decepciones, manos, ombligos y sonrisas. Toda una antología de los pasos que dejaron una huella imperceptible en este eterno transitar. Que dejaron constancia en forma de apuntes y recuerdos. Y sin embargo, queda aún tanto por vivir que el alma se me impacienta. Tengo ganas de seguir haciendo camino, de seguir compartiendo, de seguir definiéndome a cada paso. Queda aún tanto por vivir que hoy me animo a celebrar, a sacarle brillo a todos esos sueños que siguen enquistados al fondo del baúl. En lo mas profundo del alma de quien escribe. lunes, 21 de marzo de 2011
Sol de invierno (De amaneceres, primaveras y postdatas)
Un aire recién nacido inundará Madrid de amanecer tras esas ventanas cerradas que velan mi sueño. Junto a la cama respirarán aún los rescoldos humeantes de la última noche, esa pequeña antología de libros y cojines, de papeles arrugados que aún conservarán el hervor de los versos descartados, metáforas ardientes que sobrepasarán sus renglones. Sucumbirá el invierno en esta especie de postdata, antes de que los gritos del despertador rompan en pedazos la piñata de los sueños, cuya metralla teñirá de mares y bahías el vaho de los cristales. Me quedaré un instante varado en esa arena que, poco a poco, irá adquiriendo esa inerte textura de colchón, para después levar anclas y echar un lado las cortinas permitiendo que el horizonte inunde las paredes. Ahí afuera el sol de invierno presumirá de su mortaja. Tal vez hoy volvamos a afrontar otra mañana plateada, con sus aceras preñadas de charcos, escarcha derritiéndose en pupilas evasivas, las mismas canciones de relleno en la frecuencia modulada, el agua helada de la ducha, el café templado del desayuno, y los arrabales de un nuevo día que se abre en nuestra agenda, presuntamente lunes. Seguirá acechando el calendario, pero no me dejaré acorralar por las manillas del reloj. Pasearé deprisa, caminando de puntillas, por las páginas del diario. Trataré de digerir este sucio inventario de alarmas nucleares, maremotos, precampañas electorales, decretazos, carteleras, petardos, fallas y verbenas, medallas, premios Goya y cuarenta equis en quinielas que nunca señalan ese punto impreciso en el mapa donde se esconde el cofre que guarda los abrazos que no dimos. Seguirán ardiendo las calles de Trípoli y Bengazi, mientras marzo sigue ciego en su empeño por dar esquinazo a esta primavera que ya destilan las ramas de los almendros. Seguiremos siendo los de siempre, apurando noches e inviernos entre cielos y abismos, anclados junto a la ensenada de la barra de algún bar de madrugada, naufragando en colchones compartidos, tomando conciencia de que el tiempo no pasa en balde, dejándonos los puños al quebrar muros, fronteras y espejismos, afrontando la treintena, confundiendo la verdad con la belleza, encerrando el mar en un vaso de agua, luchando para no hacer nuestras las mentiras que una vez combatimos. Tal vez caigamos de pronto en la cuenta de lo tentador que resulta echar la vista atrás, repasar las páginas de lo vivido, hacer inventario de recuerdos, de las viejas heridas, de esas grietas abiertas en el alma por las que a veces se escurren los sueños, las sonrisas. Sin embargo, sabemos de sobra que hoy es siempre todavía, que toda la vida es ahora. Y ahora es momento de vivir, de volver a florecer, de seguir haciéndonos hueco, de brindar a la salud de esta primavera presentida. Porque mañana será tarde. Porque este corazón no pretende posponer la magia intensa de latir. Porque los sueños no tienen fecha de caducidad. Porque aún nos quedan fuerzas para remar, hambre de horizontes, y esta capacidad para vivir cada naufragio y sentir el arrebato de las olas despertar nuestra conciencia.jueves, 10 de marzo de 2011
Carnaval (De muecas, cenizas e ironías)
domingo, 28 de noviembre de 2010
Lisboa (De mares, fachadas y saudades)
sábado, 27 de noviembre de 2010
La cita (II)(De caminos, relojes y esperanzas)
jueves, 11 de noviembre de 2010
La cita (I) (De bares, promesas y recuerdos)
martes, 7 de septiembre de 2010
Anatomía de la lluvia (I) (De tormentas, ángeles y charcos)







